Por: Rodrigo Pérez Ortega*

Todos dormimos. Al igual que el agua y el alimento, el sueño es una necesidad biológica fundamental de los seres humanos. Pasamos casi un tercio de nuestra vida en el reino de Morfeo. Después de dormir bien nos sentimos energizados y descansados. ¿Qué sucede en nuestro cerebro durante la noche, cuando dormimos?

Contrario a lo que pareciera, tanto el cerebro como el cuerpo se mantienen bastante activos mientras estamos durmiendo. El hipotálamo, una estructura pequeña ubicada en la base del cerebro, se encarga –entre otras tareas– de coordinar la inducción de sueño con la llegada de la noche. De igual manera, varias estructuras cerebrales coordinan la liberación de hormonas a lo largo del sueño, las cuales tienen influencia en todo el cuerpo.

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El sueño es importante para el fortalecimiento de los sistemas inmunológico y cardiovascular, así como para la regulación del metabolismo. Pero también es imprescindible para el cerebro mismo. Se divide en dos distintos tipos: el sueño de ondas cortas –o profundo, en donde se da un descanso más intenso– y el sueño de movimientos oculares rápidos, que es más ligero y es en donde se experimentan los sueños. Diversos estudios han determinado que el primero, el de ondas cortas, es esencial para que las memorias más importantes que se generan durante el día se consoliden y las podamos recordar más adelante. Por eso es tan importante dormir bien antes de un examen o una presentación importante.

Un estudio de 2013 realizado en el Centro Médico de la Universidad de Rochester determinó que durante el sueño, el cerebro se “limpia a sí mismo”. En ratones, la doctora Maiken Nedergaard y un equipo de investigadores observaron que, al dormir, los productos tóxicos del metabolismo neuronal que se acumulaban durante el día se eliminaban en la noche. Incluso, la proteína b-amiloide –cuya acumulación anormal se cree que es una de las causas de la enfermedad de Alzheimer– se eliminaba de esta manera.

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Sin duda, dormir bien es importante para mantener una vida sana. Pero, ¿qué tantas horas de sueño es la medida óptima? Depende de la edad. Por ejemplo, los bebés duermen unas 17 horas al día, mientras que los niños y adolescentes necesitan, en promedio, nueve horas. La mayoría de los adultos requiere cerca de ocho horas, aunque esta cifra normalmente disminuye con la edad, al igual que la profundidad y la continuidad del sueño.

La privación del sueño, según su duración e intensidad, causa graves estragos. Después de más de 15 horas continuas de vigilia, empezamos a experimentar un deterioro cognitivo, que se traduce en problemas para concentrarnos y en una baja velocidad de reacción, similar a un estado de ebriedad. De manera crónica, la falta de sueño o una baja calidad de éste, se asocia a un riesgo elevado de desarrollar diabetes e hipertensión. De hecho, varias enfermedades neurológicas y psiquiátricas también se asocian a trastornos del sueño.

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Hoy, a muchos se nos olvida la importancia –y delicia– del sueño. Pero es necesario darle prioridad para poder sentirnos sanos y rendir al máximo al día siguiente.

*Rodrigo Pérez Ortega es neurocientífico y divulgador de ciencia.

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