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Si en algo existe un amplio consenso hoy en relación al COVID-19 es que, además de su terrible impacto en vidas humanas en todo el mundo, esta pandemia tendrá dos metástasis: la económica y la social, con una conmoción y magnitud superior a anteriores episodios críticos como la Gran Depresión del Siglo XX.

En un escenario global bajo presión severa de tensiones pre-coronavirus, especialmente la falta de recuperación total de la crisis financiera de 2008, la limitada capacidad de reacción de bancos centrales a nuevos episodios de estrés financiero y la explosión de gobiernos populistas de diferente signo, COVID-19 es, sin duda, un acontecimiento inesperado que transformará el mundo que conocemos.

Los aficionados a la alta montaña conocen la dificultad histórica que supone para la humanidad la conquista de las grandes cumbres del planeta, los célebres “ocho miles”. En el Everest, y desde la primera ascensión en 1953 de Hillary y el sherpa Norgay, se abrieron míticas vías bautizadas con el nombre de la nacionalidad de esas primeras expediciones, la vía estadounidense, la japonesa, la polaca, etc.

El combate a los retos derivados del COVID-19 significará metafóricamente una ascensión a un Everest, 1,000 metros más alto, en solitario, sin oxígeno y en invierno. Este es el tamaño del reto que afrontamos como humanidad.

Es en momentos como el actual cuando necesitamos líderes excepcionales en nuestras instituciones que nos guíen con decisión al frente de las sucesivas batallas sanitarias, económicas y sociales que tenemos por delante.

Los liderazgos gubernamentales en distintas partes del mundo están abordando con enfoques económicos similares este nuevo Everest: la vía Xi Jinping, Merkel, Conte, Sánchez y Trump.

Estas vías pretenden garantizar máxima liquidez con el objetivo de evitar colapsos del sistema financiero y, en paralelo, apoyar rentas para todos los trabajadores formales e informales que han perdido su empleo a causa de COVID-19; así como generar herramientas de apoyo a pymes, autónomos y otros generadores de empleo mediante medidas fiscales y crediticias.

Estas vías compartidas han requerido de todos estos gobiernos y sus líderes un ejercicio de asimilación y comprensión: no nos encontramos ante una crisis más y el business as usual no funcionará en esta ocasión.

La respuesta económica de los gobiernos de las principales economías del mundo ha sido muy similar, mas no idéntica, y nace en la inversión (claro, que genera endeudamiento adicional) que en el momento actual podemos cifrar a nivel global en 8 billones de dólares; casi 6.3 veces el PIB de España para combatir las metástasis sociales y económicas de esta pandemia, y garantizar lo que debería ser el rol principal de un gobierno: no dejar de lado a ningún ciudadano.

Aunque, como reconoce el FMI, las economías menos avanzadas no se encuentran en las mejores condiciones para implementar medidas fiscales de este calibre, hay ejemplos de países como Perú que han implementado planes económicos robustos.

Mientras tanto, el gobierno mexicano ha decidido ascender a este nuevo Everest en soledad y por una nueva e inexplorada ruta que llamaremos la “vía mexicana”. Además del millón de créditos que se pondrá a disposición de las pymes, esta vía se centra en seguir la hoja de ruta de la llamada cuarta transformación, esto es, confiar la recuperación post COVID-19 a sus proyectos estrella de inversión pública, y rechazar la posibilidad de aumentar el endeudamiento de México para crear programas audaces de apoyo a los mexicanos y su economía, como se reclama desde distintos ámbitos.

La vía mexicana tiene un altísimo riesgo de fracaso en las actuales circunstancias, algo que no se puede permitir un país donde habitan 50 millones de personas en régimen de pobreza y donde 57 millones tienen empleos informales. México, que sufre otras pandemias como la falta de oportunidades, la movilidad social, la endémica corrupción, la impunidad, la falta de competitividad de muchas industrias, y el rezago en sus sectores educativo y sanitario, entre otras, no puede fallar otra vez.

Sin embargo, esta pandemia también nos ofrece la oportunidad (inexorable) de sustituir nuestro modelo de capitalismo de accionista por un capitalismo consciente, fundar un nuevo “contrato social” –como exhortaba Financial Times— y redefinir nuestro propósito como organizaciones y sociedades.

La rentabilidad a cualquier precio que ha dominado el sistema económico en las últimas cuatro décadas no debe tener lugar en un mundo donde los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía y los servicios públicos deberán ser considerados como inversiones, y no como meros pasivos.

Ojalá estemos a tiempo de rediseñar la “vía mexicana” y aprovechar algunas de las oportunidades que enfrentará el país post COVID-19, en el tablero del final de las cadenas de suministro globales y la fragmentación de éstas en mercados de cercanía que puedan aportar valor, innovación y eficiencia.

Nota del editor: Ignacio de la Vega es decano del EGADE Business School Tecnológico de Monterrey. Tiene una trayectoria profesional como líder emprendedor en los sectores académico, financiero y gubernamental. Es inversionista en diversas startups y pymes. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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