Por Federico Kukso.

Al científico inglés Andrew Crosse nunca lo quisieron mucho. En especial, sus vecinos. No es que fuera mala persona. Para los estándares de comienzos del siglo XIX, él era intenso: sus intereses rondaban lo raro y lo misterioso. Al morir sus padres, cuando tenía 21 años, se recluyó en su finca familiar, en Somerset, Inglaterra, para dedicar todo su tiempo a estudiar la naturaleza.

Poco se sabía sobre la electricidad cuando Crosse comenzó a experimentar con ella. Gracias a su herencia, construyó un laboratorio y leyó todo lo que llegaba a sus manos sobre este fenómeno. Desde los experimentos en 1786 de Luigi Galvani, no faltaban los que pensaban que esta fuerza misteriosa era capaz de devolver un cadáver a la vida, así como de crearla.

Crosse estaba obsesionado: creó varios aparatos eléctricos, como pilas voltaicas. Una vez conectó sus instrumentos con árboles para medir la electricidad atmosférica. A lo lejos se percibían descargas tan ruidosas que no tardó mucho para que los vecinos lo llamaran “el hombre del trueno y del rayo”.

Pero fue en 1837 cuando cayó sobre este científico amateur una ola de indignación. Fascinado por la mineralogía, Crosse realizó experimentos de electrocristalización y creó cal cristalizada al aplicar una corriente eléctrica débil en una solución de silicato de potasio.

Un día aparecieron unas extrañas manchas. “En el decimocuarto día desde el comienzo de este experimento –escribió–, observé a través de una lente unas pequeñas excrecencias o pezones blanquecinos. En el vigésimo octavo día, estas pequeñas criaturas movieron sus piernas”. Eran ácaros.

Repitió el experimento y dio el mismo resultado. “¿Había creado vida?”, pensó. Contactó a la Sociedad Eléctrica de Londres. La noticia se filtró a la prensa y estalló el escándalo.

Crosse se volvió una celebridad, de la peor manera: fue acusado de jugar a ser dios al atreverse a crear vida. Recibió amenazas de muerte. La gente realizaba exorcismos fuera de su casa. Fue acusado, en un periódico local, de causar la plaga que había golpeado las granjas cercanas. Y sumó un nuevo apodo: el “Diablo Crosse”. Se convirtió en prisionero en su hogar. Tuvo 10 hijos y murió en 1855 sin comprender lo que había hecho.

En 1979, el periodista Peter Haining se empeñó en postular que Mary Shelley se había inspirado en Crosse para el personaje de Victor Frankenstein, pero la obra se publicó en 1818, tres décadas antes de los experimentos del científico amateur. Aún así, Crosse está conectado con el protagonista del libro de ciencia ficción. Ambos, en algún momento, se hicieron la misma pregunta: “¿Qué es la vida?”.

El gran misterio

Motivo de interminables polémicas, el de la vida es una interrogante ancestral. Tras miles de años de pensamiento, uno creería que alguien dio con una definición concisa de lo que es el denominador común de animales y plantas, en oposición al mundo de los minerales y las máquinas.

Pero no. En el siglo VI a.C., Anaximandro sugirió, en su poema “Sobre la naturaleza”, que la Tierra estaba hecha de una sustancia llamada ápeiron, a partir de la cual el planeta comenzó a tomar forma. Según el filósofo griego, los organismos habrían comenzado a nacer del lodo y los primeros animales fueron peces, de los cuales surgieron los humanos.

Aristóteles definió, en el IV a.C., a los seres vivos como aquéllos con la facultad de automovimiento, capaces de reproducirse sexualmente, nutrirse de elementos externos, seres que se desarrollan y eventualmente mueren. Y pensaba que los vivos poseían algo que los seres inertes no tenían: alma, no en el sentido cristiano del término (espíritu), sino como principio de vida.

Esta idea caló tan hondo en el pensamiento occidental que la suposición de una “chispa vital” perduró hasta el siglo XIX y acompañó también la llamada teoría de la generación espontánea: estaba ampliamente aceptado que las moscas surgían de manera espontánea a partir de la carne y los vegetales putrefactos. En 1862, los experimentos de Luis Pasteur derribaron esta creencia.

El chispazo inicial

La pregunta sobre la vida nunca pudo desprenderse completamente de su estela religiosa. Es tan inabarcable que fue abordada por filósofos, químicos, biólogos, físicos y artistas. La evolución sugiere que todos los organismos de la Tierra estamos emparentados. De la hormiga más pequeña a la ballena más grande, los seres vivos somos una gran familia.

Toda la vida comparte un antepasado común. Se le conoce como LUCA (último ancestro común universal). En algún momento del pasado de la Tierra, entre 3,500 y 3,900 millones de años, algo surgió del caldo químico y comenzó a dejar descendencia. ¿Ocurrió una vez? ¿Varias? ¿En distintos lugares? No se sabe. Sólo hay piezas sueltas del rompecabezas, como la anunciada en 2017: el descubrimiento de los restos de la forma de vida más antigua en el planeta, microorganismos fosilizados en las rocas de Nuvvuagittuq, en Canadá, de 3,800 millones de años. 

Pese a que un grupo de religiosos conocidos como “creacionistas” se aferran a la llamada “imagen del relojero” –creada en 1802 por el sacerdote William Paley, quien argumentó que los organismos eran como relojes y, debido a su complejidad, debía haber sí o sí un diseñador inteligente: dios–, el principal supuesto de la mayoría de los científicos es que la vida surgió de la materia inanimada a través de un incremento gradual y espontáneo de complejidad molecular.

En 1953, el químico Stanley Miller buscó replicar las condiciones de ese chispazo inicial. Llenó matraces y tubos de vidrio con hidrógeno, amoniaco, metano y vapor de agua –supuestos ingredientes gaseosos de la atmósfera antigua– y con descargas eléctricas que simulaban las tormentas primordiales asistió a la formación de aminoácidos y otras biomoléculas complejas, fortaleciendo así la hipótesis de que moléculas orgánicas necesarias para la vida podían formarse a partir de componentes inorgánicos.

Definiciones insatisfactorias

La pretensión de definir la vida suele ser recibida por muchos científicos con escepticismo. “Todo el mundo sabe lo que es la vida, pero es imposible describirla con palabras”, advierte Pier Luigi Luisi en su libro La vida emergente. No hay un consenso. Se han propuesto más de 100 definiciones de vida, y la mayoría se centra en un puñado de atributos clave, como la replicación y el metabolismo.

Además de obedecer a las mismas leyes físicas, todos los organismos conocidos usan el conjunto de piezas básicas, unos 26 elementos químicos. Pero en la gran mayoría, la materia viva está formada por sólo seis: carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, fósforo y azufre.

El caso límite clásico son los virus. Dice Patrick Forterre, microbiólogo del Instituto Pasteur en París: “no son células, no tienen metabolismo y son inertes siempre que no encuentren una célula, por lo que muchos científicos concluyen que los virus no están vivos”.

A principios de la década de 1990, el biólogo Gerald Joyce le propuso a la NASA una de las definiciones de vida más populares: “Es un sistema químico automantenido capaz de experimentar evolución darwiniana”. Aun así es insatisfactoria, porque sólo conocemos un ejemplo de vida: el de la Tierra. ¿Cómo puede estudiarse la vida si sólo se dispone de una muestra?

Más allá del carbono

“La definición en realidad puede dificultar la búsqueda de vida más allá de la Tierra”, afirma la filósofa Carol E. Cleland. “Necesitamos alejarnos del concepto actual, para estar abiertos a descubrir nuevas formas de vida”. A esto Carl Sagan lo llamó, en 1973, “chovinismo de carbono”: la limitación de imaginar otros tipos de vida posible al asumir que la vida sólo requiere cadenas de átomos de carbono.

“¿Reconoceríamos la vida extraterrestre si la viéramos?”, se preguntan astrobiólogos como Lucas John Mix. La vida en otros planetas podría estar basada en una química diferente. En su libro La conexión cósmica, Sagan sugirió la posibilidad de seres hechos de silicio y germanio, así como amoniaco, hidrocarburos o fluoruro de hidrógeno en lugar de agua. Por eso, hasta que hayamos descubierto y estudiado formas de vida alternativas, no podemos estar seguros que las características que creemos que son esenciales para la vida son universales.

“Pensar que la vida apareció en la Tierra me parece presuntuoso”, expone Gary Ruvkun, que suscribe la hipótesis de la panspermia, es decir, que la vida fue transportada a la Tierra por cometas, meteoritos o polvo interplanetario.

“Me parece estéticamente atractiva la idea de considerar que la vida tal como la conocemos es universal en toda la Vía Láctea –piensa este investigador de la Facultad de Medicina de Harvard”.

De ahí tanto ahínco en buscar indicios en Marte, en lunas como Encélado y Europa, en las nubes de Venus y en los 4,107 exoplanetas descubiertos. “Tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que la vida pueda surgir en muchos contextos en una galaxia con tantos mundos –indica la astrobióloga Mary Parenteau–, tal vez con vida de color púrpura en lugar de las formas de vida dominadas por el verde en la Tierra, por ejemplo”.

Chris McKay, del NASA Ames Research Center, está convencido de que la vida debe estar extendida en alguno de los supuestos miles de millones de planetas similares a la Tierra que salpican la Vía Láctea, una de las miles de millones de galaxias. O como aventura el astrobiólogo alemán Dirk Schulze-Makuch, autor de The Cosmic Zoo. Complex Life on Many Worlds: “La vida bien podría ser una especie de plaga planetaria. Una infestación que, una vez iniciada, es muy difícil de eliminar”. 

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