(Photo: Courtesy Paulo Lozano)

Paulo Lozano es ingeniero espacial. Ha dedicado su vida y sus estudios a la propulsión, el desarrollo de satélites pequeños y el diseño de misiones espaciales. Ahora, es profesor de Aeronáutica y Astronáutica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Una de las ideas que ha marcado su carrera es “enamorarse de un problema”. Y dedicarle su vida. El EXATEC asegura que esa ha sido una constante en su trabajo. Además, lo ha ayudado a cuestionarse, analizar su labor desde diferentes aristas.

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“Es un proceso increíblemente valioso para mantenerte motivado. Aunque puede que no lo resuelvas, ayuda encontrar otros temas que son igualmente o más interesantes. El problema del que me enamoré fue la fusión termonuclear, pero mis contribuciones no son en ese campo”, asegura en entrevista para Tec Review.

Esta es la historia de uno de los investigadores destacados del país.

¿Por qué te interesaste en el estudio del espacio?

Recuerdo que fue de niño. Yo creo que cuando somos pequeños es cuando realmente nace nuestro interés y nuestra pasión por hacer algo. Yo me apasioné por las Ciencias Naturales, las Matemáticas y por todo el campo aeroespacial, los aviones y las naves espaciales.

Me encantaba ver la serie de Cosmos de Carl Sagan. Eso me marcó, al igual que una visita familiar al planetario “Luis Enrique Erro” en la Ciudad de México, que –en aquel entonces– era uno de los pocos en todo Latinoamérica.

Era un lugar donde veías cómo evolucionan las estrellas. Eso tuvo mucho impacto en mí y puedo decir que fue mi guía para querer entender cómo funciona el universo.

¿Crees que eso impactó la decisión sobre tu carrera?

Fue muy complicado decidir qué estudiar, porque cuando tomé los exámenes de aptitudes profesionales salió que era bueno en diversas áreas: podía ser abogado o matemático.

Lo que quería hacer en realidad era estudiar Ingeniería en Aeronáutica. Quería ser piloto, pero tengo miopía –muy acentuada– y yo mismo me saqué del plan. Sin embargo, quería estudiar algo relevante con el diseño de aeronaves o de naves espaciales y en México no había nada. Así que decidí estudiar Física, porque me parece una ciencia que encapsula gran parte del conocimiento humano. 

¿Cómo fue tu experiencia en el Tec de Monterrey?

Muy buena desde la preparatoria. Estudié Ingeniería Física Industrial y me pareció una carrera muy amplia que te da una preparación bastante completa. He visto que ha permitido a mis ex compañeros desarrollarse en áreas muy distintas.

Te permite apreciar el mundo natural, pero también contribuir a cualquier área del conocimiento como administración o economía. Hasta mecánica cuántica. Tengo compañeros que ahora son banqueros y otros que estudian la gravitación. Una de las áreas más profundas en cuestión de matemática y física.

Creo que es el gran valor de esa educación en el Tec de Monterrey: nos dio la oportunidad de movernos en el área que más nos gustara. 

Venciendo obstáculos

¿Cuáles fueron tus obstáculos para llegar a estudiar en el extranjero?

Me puse a investigar dónde podría estudiar una maestría. La verdad, pensé que iba a ser muy difícil que me aceptaran en el Departamento de Aeroespacio del MIT, que fue el lugar que más llamó mi atención. Decidí aplicar para una maestría en Ingeniería Nuclear en ese Instituto y no me aceptaron. Fue un golpe duro. Sabía que las posibilidades eran muy bajas, pero para aprovechar el tiempo hice el proceso de admisión en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados para continuar estudiando y me quedé.

Después, volví a aplicar al MIT. Solicité mi admisión al Departamento de Aeronáutica y Astronáutica. Visité sus instalaciones con unos ahorros que tenía. Llevé mi solicitud en papel bajo el brazo y esta vez sí me aceptaron, pero no directo en el doctorado porque mi maestría era en Física y no en Ingeniería Aeroespacial. Así que primero tuve que hacer otra maestría allá. 

¿De qué fue tu investigación de maestría en el MIT?

Fue un tema muy bonito: crear un modelo dinámico de los motores del transbordador espacial. En aquel entonces, era el único motor reutilizable. Había mucho interés en encontrar cómo facilitar su inspección, mediante el uso de información de los datos de vuelo.

El modelo simulaba la operación del motor y mi tesis se volvió un referente para crear nuevos tipos de motores.

Afortunadamente, después mi asesor consiguió los fondos para que me quedara en el MIT. En el cargo de ‘Research Scientist’ y seguí haciendo investigación sobre la posible aplicación de este modelo a micropropulsores.  

Contra viento y marea

¿Cómo es el proceso para entrar a trabajar en el MIT?

A principios del 2006, el jefe de la unidad de contratación del Departamento me escribió un correo electrónico para preguntarme si estaba interesado en una posición. Me entrevistaron y después me ofrecieron la plaza como Profesor Asistente del Departamento. Estaba muy emocionado. 

Para entrar como profesor debes prometer que –posiblemente en el futuro– serás uno de los mejores en un tema a nivel mundial y te someten a verificación.

Cuando obtienes la cátedra ya es un empleo de por vida y te da libertad para hacer lo que se te ocurra. Para obtenerlo, lo que se hace es pedir la opinión de tu trabajo a expertos distribuidos en todo el mundo, pero tú no sabes a quién le van a escribir y si regresa una carta negativa, te puede echar atrás el puesto.

¿Fuiste muy perseverante para entrar?

Yo creo que sí y es algo que les digo a mis estudiantes. La insistencia es muy importante y creo que es una de las cuestiones por las que me hicieron la oferta. Insistí en que mi investigación tendría un impacto importante. Y lo tuvo. En la NASA y en la Fuerza Aérea que ahora están usando estas tecnologías.

Tienes que llevar tu tema contra viento y marea, para convencer a la gente de que te apoye. Yo tenía que ir a las Agencias a pedir que invirtieran en la investigación. Convencer a la comunidad científica y al MIT de que valía la pena.

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Ciencia de calidad

¿Qué retos ves en el impulso a la investigación aeroespacial en México?

Yo creo que los retos son los mismos que tenemos en cualquier otra área científica y tecnológica en el país. Una barrera lamentablemente es política, porque es muy complejo hacer ciencia en estos tiempos si no hay apoyo económico.

Tenemos que hacer estudios más detallados, técnicas más especializadas. Tener gente con niveles más profundos de conocimiento y eso requiere inversión, tiempo y compromiso. 

En México –y en países en vías de desarrollo– no se han puesto en práctica como deberían. Hay recomendaciones de la ONU, sobre cuánto del PIB se debería destinar a la investigación tecnológica y científica. Vemos que en el país es mucho menor al 1 %.

Yo lo siento mucho por mis colegas en México que tienen que navegar este mar de obstáculos para poder hacer ciencia de calidad porque el talento sí está. Yo lo vi en el Tec, en el Cinvestav, en la UNAM. Pero, el apoyo primario debe venir de la política pública y, después, de la industria privada. Pero si no existe el incentivo económico va a ser muy difícil.

¿Qué podría ayudar a los investigadores?

Hay muchísimo talento, pero nuestra tarea como investigadores mexicanos es ver qué hay más adelante.

No seguir la investigación que se hace externamente y esperar hasta que alguien descubra algo y meterse a hacerlo también. Yo creo que se deben empezar a proponer cosas innovadoras antes de que lo haga alguien más en el mundo. 

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