Ilustración: Sollin Sekkur.

Por Rodrigo Pérez Ortega*

La adolescencia, ese icónico viaje de la niñez a la adultez, es complicado, pero emocionante. En estos años, nuestro comportamiento y personalidad cambian, mientras nuestra visión del mundo madura. ¿Qué ocurre en el cerebro en esta etapa?

Cuando somos niños, este órgano crece velozmente. Millones de neuronas se multiplican y buscan conectarse correctamente entre sí. Aquellas que no lo hacen de manera óptima, o no resultan útiles, son eliminadas, para que sólo queden las mejores conexiones.

El cerebro de los adolescentes alcanza su mayor crecimiento alrededor de los 13 años, pero sigue madurando. Con la edad, las conexiones neuronales –o sinapsis– se fortalecen. Poco a poco, vainas de mielina recubren las neuronas, lo cual facilita que las señales eléctricas viajen rápidamente a través de ellas.

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Gracias a estudios de resonancia magnética, que permiten medir y analizar el cerebro, neurocientíficos estadounidenses determinaron, en 2004, que las áreas más primitivas del cerebro –asociadas con la visión y el sentido del tacto– son las que maduran más rápido.

No obstante, áreas más sofisticadas –como la corteza prefrontal– son de las últimas en madurar: entre los 25 y 30 años. Esta región, situada a la altura de nuestra frente, se encarga de la personalidad, la planificación y la inhibición de los impulsos, lo cual explica por qué los adolescentes tienden a tomar decisiones riesgosas y a ser rebeldes e impulsivos.

Como el cerebro todavía está madurando, es relativamente vulnerable. Es en estos años cuando el aprendizaje y la memoria se afinan, y el pensamiento crítico se desarrolla.

Además, los cambios hormonales y la reestructuración cerebral incitan a que nos involucremos en actividades nuevas y llenas de adrenalina; a la vez, nos impiden medir las consecuencias.

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Es en esta etapa cuando el estriado ventral (centro de recompensa) está más activo y hambriento de experiencias placenteras. Por ello, a esta edad abundan los accidentes de auto y la experimentación con drogas, como el alcohol y el tabaco, aumenta significativamente.

En los adultos, el estriado ventral está muy bien conectado con la corteza prefrontal, que lo regula, por lo que piensan dos veces antes de arriesgarse o tomar una mala decisión. Pero en los adolescentes estas conexiones son aún débiles, por lo que las señales de inhibición de la corteza no mantienen al margen a la curiosidad y aventura del estriado.

Pero para realizar toda esta amalgama de actividades, el cerebro adolescente necesita descansar. Los niveles de la hormona melatonina –relacionada con inducir el sueño– son diferentes en la adolescencia que en la niñez y la etapa adulta. Los adolescentes requieren dormir de nueve a 10 horas, pero muchos no lo hacen, por lo que la privación del sueño resulta en más irritabilidad y cambios de humor.

Debido a que el cerebro todavía está madurando en esta etapa, es relativamente vulnerable, pero su maleabilidad está en su ápice. Es en estos años cuando el aprendizaje y la memoria se afinan, y el pensamiento crítico se desarrolla. Así, aunque la adolescencia
puede llegar a ser abrumadora, es una etapa llena de experiencias y cambios, así como de aprendizajes que moldean al cerebro con el fin de prepararlo para el futuro.

Un cigarro nada más  

En la Universidad de Vermont, en Estados Unidos, analizaron a adolescentes de Gran Bretaña, Irlanda, Francia y Alemania; descubrieron que un solo cigarro de mariguana provoca cambios  importantes en sus cerebros, y que ellos son sensibles a los efectos del tetrahidro-cannabinol.

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*Rodrigo Pérez Ortega es divulgador de ciencia y neurocientífico.

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