El enojo de las mujeres contra la violencia machista generó, entre muchas cosas, un ambiente de incomodidad. Pienso específicamente en la desazón de una colega que, siendo madre de un varón, sentía que todas esas acusaciones se vertían de alguna manera en la figura de su hijo pequeño, un hombre adulto en potencia.

Su malestar me pareció un punto de partida para hablar sobre lo que nos pasa e indagar cuál es el meollo del asunto. ¿A quién acusan las mujeres?, ¿A qué hombre se refieren? ¿En qué medida la palabra genérica “hombre”alude a todos los hombres por igual? ¿Cuál es la expresión de la masculinidad que daña? ¿Se nace con ella o se aprende? ¿Hay una sola manera de ser hombre?

Estas preguntas, fundamentales para la educación de los hombres libres en el pleno sentido de la palabra, revelan la conciencia de la crisis de un modelo de masculinidad que se observa precario y limitado porque impide la posibilidad de una vida floreciente. Son preguntas que urge poner en la agenda de los medios de comunicación, las familias y las instituciones educativas. Son preguntas políticas.

Estos cuestionamientos tienen historia, pues hacen eco de las mismas preocupaciones que impulsaron a las pensadoras feministas. El año de 1949 marcó un hito en la conciencia de las mujeres con el surgimiento del libro El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Ahí, la filósofa afirmaba que la vida es un largo combate por el que se llega a ser uno mismo, esa tarea es la más importante que tiene el ser humano. Y esa era una asignatura pendiente para las mujeres.

Su declaración “no se nace mujer, se llega a serlo” inició el camino de la conciencia de lo que es ser mujer y de los marcos limitantes en que eran educadas. El feminismo ha dado a las mujeres un horizonte ancho para entender que hay diversas identidades, maneras de ser y un lenguaje rico para expresar los problemas que carecían de nombre.

Pero este camino de mayor libertad y emancipación no hizo mella en la vida de los hombres. Por ello, las preguntas anteriores son ineludibles.

El movimiento #MeToo destapó una problemática que permanecía soterrada sobre creencias y normas rígidas que asocian a la masculinidad con ciertos valores como la conquista sexual, el dominio y la agresión, conductas que ponen en riesgo a los mismos hombres y a otras personas. Estos mandatos han sido detectados por algunos investigadores y articulistas.

Y el tema toma fuerza. Las discusiones sobre las masculinidades ocupan espacios en medios como The New Yorker, El País y Página12. Además acaba de publicarse un libro que se está convirtiendo en un éxito: Boys & Sex, de Peggy Orenstein, quien considera que estas normas destruyen a los hombres jóvenes y a su entorno.

¿Hasta qué punto los hombres son conscientes de las normas que se relacionan con la masculinidad? Esto aborda el libro La caja de la masculinidad, de Brian Heilman, Gary Barker y Alexander Harrison. Al analizar las realidades sobre los jóvenes en Estados Unidos, Reino Unido y México, los investigadores identificaron la “caja de la masculinidad”: un conjunto de creencias transmitidas por las familias, los medios de comunicación, las mujeres y otros miembros de la sociedad que los presionan para que se comporten de una determinada manera.

Estas presiones les exigen, por ejemplo, valerse por sí mismos sin pedir ayuda, actuar como machos, ceñirse a roles de género rígidos, realizar proezas sexuales y resolver los conflictos por medio de la agresión. Según los autores, los hombres que están dentro de la caja de la masculinidad son aquellos que interiorizan en mayor grado estos mensajes. Y los que se encuentran fuera de la caja son los que rompieron con estas expectativas.

Los resultados muestran que la caja de la masculinidad está más viva que nunca, al menos, en estos tres países y tiene efectos graves en seis ámbitos de la vida de los hombres: satisfacción y confianza en sí mismos, salud mental, amistad y búsqueda de apoyo, comportamientos de riesgo, atractivo físico y la violencia.

Necesitamos dotar a los hombres jóvenes de lentes críticos para que interpreten con distancia e inteligencia las presiones negativas. Requerimos cuestionarnos sobre nuestros propios mensajes y repensar nuestras expectativas sobre ellos en todos los aspectos. Así como tratamos de hacerlo con las mujeres jóvenes, ellos necesitan alternativas para encontrar un ambiente posibilitador de una vida plena. Se trata de buscar para ellos eso de lo que hablaba Rosario Castellanos en sus versos:  “Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser”.

Este artículo forma parte de la edición No. 28 de la revista Tec Review. Consulta la revista completa gratis AQUÍ.

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