¿Nos iremos a vivir al campo en la pandemia?
Con la pandemia se buscan nuevos espacios. (Foto: iStock)

Jardines, terrazas y balcones han entrado en la lista de imprescindibles del hogar en este 2020. Algo similar ocurre con el tamaño y la ubicación de las viviendas: quienes pasaron el confinamiento en un diminuto estudio en la ciudad vivieron una experiencia muy distinta a quienes lo hicieron en una casa a las afueras o en un pueblo.

Durante este verano anómalo, muchos urbanitas han huido a pequeños municipios. Allí no hay tantos problemas para mantener la distancia de seguridad. En algunos, los casos de covid-19 pueden contarse todavía con los dedos de la mano. Además, el teletrabajo y la flexibilidad laboral han facilitado los desplazamientos a las zonas rurales, sin necesidad de vacaciones.

Si bien muchas empresas querían volver en septiembre a la rutina de la presencialidad, el intenso repunte de contagios por el coronavirus de las últimas semanas no augura por ahora un cambio rápido; más bien lo contrario. Ante la posibilidad de nuevas restricciones a la movilidad y la incertidumbre de un futuro marcado por riesgos sanitarios y ambientales, mudarse a un pueblo se ha convertido en una opción a considerar.

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No todo es tan idílico

El interés por comprar una vivienda en una localidad de menos de 5,000 habitantes ha aumentado en un 13.2 % desde enero hasta agosto, según datos de idealista. Para Alipio García, del Grupo de Investigación Mundo Rural de la Universidad de Valladolid (UVa), esta tendencia no se acabará con el verano, sino que se irá intensificando.

“El confinamiento ha puesto de manifiesto las limitaciones de los pisos en los que vivimos normalmente en las ciudades”, señala a SINC el experto de la UVa. Y aclara: “En una vivienda rural solemos tener más espacio disponible, más terreno libre alrededor y un entorno con menos vecinos”.

A la lista de ventajas se suman el menor precio de las viviendas —cuando no son, directamente, propiedad de la familia—, la ausencia de contaminación del aire, la cercanía en términos de desplazamientos y la calma que rodea la vida rural. En resumen, los pueblos ofrecen una mayor calidad de vida.

Pero el rural no es un mundo idílico, ni mucho menos. También tiene inconvenientes. La conectividad es uno de ellos. Nos bastan un ordenador e internet para teletrabajar, para comprar productos difíciles de encontrar en pequeños municipios, para comunicarnos con amigos y familiares y para entretenernos en casa. El problema viene cuando la calidad de la conexión no lo permite.

Los últimos datos del INE indican que el 91.4 % de los hogares tiene acceso a internet, una cifra que disminuye hasta el 86.8 % en municipios de menos de 10,000 habitantes. A pesar de que desde el 2013 el programa de ayudas del Gobierno para ampliar la cobertura de redes de alta velocidad ha contribuido a reducir la brecha digital entre el entorno rural y urbano, todavía existen zonas desconectadas o con conexiones deficientes.

El 4G llega teóricamente a casi el 100 % la población española, pero el estado de las infraestructuras, su situación o la falta de alternativas a la hora de elegir operadora puede hacer que los móviles no tengan cobertura en algunos pueblos, de manera temporal o permanente.

Otros factores que pueden suponer un obstáculo para al asentamiento en los municipios de emigrantes urbanitas son las posibles deficiencias en servicios de atención médica, educativos y de infraestructuras de transporte. “Mientras no se corrijan, solo unos pocos aguerridos resistirán y consolidarán su opción de cambio de residencia”, advierte García. “Muchos desertarán al cabo del primer invierno o de los primeros meses de dificultades”, matiza.

Los meses de frío y oscuridad, las agendas culturales limitadas y la falta de calles concurridas, llenas de tiendas y bares, pondrán también a prueba las intenciones de quienes decidan instalar su residencia habitual en un pueblo.

Vivir en el campo como en la ciudad

El confinamiento debido a la pandemia nos ha hecho sin duda mirar hacia los pueblos y desear sus amplios espacios, tranquilidad y escasos vecinos. Sin embargo, lo que vivimos es en realidad un fenómeno “minoritario y pasajero”, asegura García.

Por un lado, solo una pequeña parte de la población puede permitirse invertir en otra casa, aunque los precios de alquiler y compra en pequeños municipios puedan ser más económicos que en las capitales de provincia. Por otro lado, no ha cambiado nuestra percepción de las zonas rurales, ni las valoramos más positivamente.

“No nos estamos planteando cambiar de vida”, asegura el profesor de la Uva. Las personas no quieren adaptarse al modo de vida de los pueblos, sino simplemente “seguir viviendo como en la ciudad, pero con unas mejores condiciones habitacionales”. Los más previsores querrán tener preparada una vivienda rural por si vuelve a darse un confinamiento obligado. Con la nueva normalidad, la mayoría preferirá seguir siendo urbanitas.

Pero, el abandono real de las ciudades es un fenómeno más que probable en el futuro. “Asistiremos a un trasvase masivo de población a las zonas rurales, un éxodo desordenado, indeseable y trágico”, advierte García. “Nos avisaron hace ya 40 años y no hemos hecho nada para cambiar el rumbo”, añade.

Los movimientos migratorios, como el éxodo rural derivado de la industrialización, pueden entenderse como fenómenos homeostáticos que regulan los sistemas sociales y económicos, una búsqueda del equilibrio que pone de manifiesto las desigualdades de los sistemas sociales.

Hace falta una chispa que desencadene este mecanismo de regulación. En el caso del movimiento del campo a las ciudades, los salarios, las oportunidades laborales, el crecimiento de la renta urbana y la crisis agraria encendieron y alimentaron la mecha. Pero “una vez alcanzado un fuerte desarrollo tecnológico, la concentración demográfica es un fenómeno más perjudicial que beneficioso”, señalaba ya en los 90 Luis Alfonso Camarero, catedrático del departamento de Teoría, Metodología y Cambio Social de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Hace décadas que los expertos vaticinan una fase de repoblamiento rural y de las zonas periurbanas posterior a la industrialización. Y eso que todavía no conocían las últimas consecuencias del modelo socioeconómico que se gestaba, y del nivel actual de consumo energético y de recursos. “Sabemos que es insostenible”, dice Alipio García.

¿Por qué no modificamos el rumbo? “El sistema no lo permite”, responde a SINC el investigador de la UVa. El cambio pasaría por la transformación desde el crecimiento, la competitividad y la acumulación hacia una economía de estado estacionario, cooperación y distribución. Cualquier país, empresa o persona que intente salirse del camino quedaría excluido y marginado. “Estamos abocados a una crisis de recursos, provocada por haber superado con creces los límites del planeta”, advierte el experto.

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Cambio climático y ciudades superpobladas

El agotamiento de los recursos energéticos y la crisis climática son los efectos más inmediatos y evidentes de la crisis. No en vano, cada vez se usa más el término de emigrante climático; personas que se ven obligadas a desplazarse por motivos como el aumento del nivel del mar, desastres naturales u otros fenómenos relacionados con el calentamiento global.

Las ciudades son uno de los factores que más contribuyen al aumento de las temperaturas. Según la ONU, consumen el 78 % de la energía mundial y generan más del 60 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero también son una de sus mayores víctimas. El efecto ‘isla de calor’ intensifica el aumento de las temperaturas: el asfalto y otros materiales urbanos absorben el calor durante el día y lo liberan por la noche, impidiendo que se enfríen el suelo y la atmósfera.

El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) lo advierte en uno de sus últimos informes: un aumento mayor de 1,5 °C de las temperaturas acentuará las olas de calor y aumentará el riesgo de eventos meteorológicos extremos, fuertes tormentas, inundaciones, sequías y de la transmisión de enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria y el dengue. Por no hablar de la aparición de nuevas enfermedades, como la covid-19.

A pesar de todo, se estima que 70 millones de personas se mudarán a áreas urbanas anualmente durante los próximos 30 años. En el 2050, dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades, es decir, contarán con 2,500 millones más de habitantes que necesitarán acceder a servicios de transporte, sanidad, educación y tener un trabajo para subsistir.

Esas eran las previsiones antes de la actual pandemia. Quién sabe si esta, y otras posibles sorpresas futuras, cambiarán los números migratorios o la dirección de los desplazamientos.

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