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Antes de gozar de la fama y reconocimiento por su contribución científica, la israelí Ada Yonath, Premio Nobel de Química 2009, vivió todo tipo de burlas cuando propuso aplicar la cristalografía para estudiar los ribosomas, estructuras moleculares responsables de la síntesis de proteínas en las células.

“Mi investigación tomó 20 años y al principio nadie le veía importancia”, dijo ante un Salón de Congresos lleno en el Tec de Monterrey, el 26 de febrero. En su biografía, cuenta que a pesar de obtener avances en su investigación, en un área para estudiar los ribosomas en la que nadie se había aventurado, “muchos científicos distinguidos respondieron con sarcasmo e incredulidad. En consecuencia, me convertí en una soñadora, la ‘tonta de la aldea’, supuesta científica y una persona guiada por fantasías”, cuenta Yonath.

Esa negación de los méritos de las científicas por parte de sus colegas se conoce como ‘efecto Matilda’, término que acuñó la historiadora Margaret Rossiter en honor a la sufragista estadounidense Matilda Gage, activista que buscó el voto de las mujeres y la abolición de la esclavitud entre 1850 y 1880.

El problema por resolver

En México, el desempeño de las científicas no está exento del rechazo a sus aportaciones, tal como lo vivió Ada Yonath. En las carreras de ciencias y ejerciendo su profesión, las mexicanas reclaman un trato justo por parte de sus compañeros, ya que en muchas ocasiones se encuentran con ataques y falta de profesionalismo, en un país donde solo 3 de cada 10 científicos son mujeres, de acuerdo con datos del Sistema Nacional de Investigadores.

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Ana, quien pidió mantener reservada su identidad, estudió biología en la UNAM y trabajó por más de una década en una dependencia federal, en la que se enfrentó con un proceso de reclutamiento discriminatorio al sesgar la entrevista con preguntas sobre sus planes de casarse y tener hijos. “Fue totalmente desconcertante y le dije la verdad, que en ese momento no estaba en mis planes. Me agarró desprevenida, pero con el tiempo me di cuenta que la pregunta implicaba una diferencia sobre si contrataban a un hombre”.

Además del sesgo de género para ser candidato a un puesto de trabajo, ya en la dependencia, Ana también enfrentó la carga extra de trabajo por la falta de compromiso de un compañero. “Con un colega noté totalmente celo profesional. Poco a poco me fueron dando más responsabilidades como un reconocimiento a mi trabajo hasta que llegó un momento en el que me habían pasado las responsabilidades de él”, señala la bióloga. “Me hacía comentarios sobre que ‘era la consentida’, alguna vez me dijo ‘eso debería hacerlo yo’. Me harté y le dije que como era flojo me lo habían pasado a mí”.

Esas manifestaciones de machismo no solo ocurren en el ámbito laboral, también en la academia están presentes, como en el caso de Alicia –quien pidió omitir su verdadero nombre- una profesionista que pasó por la falta de reconocimiento a sus contribuciones mientras estudiaba un doctorado en ciencias biomédicas.

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“Me pasó con un colega en el doctorado, siempre hacía mansplaining -que quieres dar una idea y él alza la voz y te gana el argumento- y lo que más me chocaba era que teníamos que proponer experimentos, y mi asesora no nos dejaba hacer uno en particular y a este muchacho le dijo ‘sí, hazlo’, pero no lo realizó bien y nos hizo quedar mal a todos”, lamenta Alicia.

El efecto Matilda no solo ocurre entre pares sino que también se manifiesta desde los encargados de instruir y fomentar el desarrollo profesional. Los asesores de proyectos de tesis también ejercen la discriminación por género dañando la formación profesional de las alumnas, continúa Alicia.

“En el Instituto de Fisiología Celular también tuve un asesor misógino, lo primero que preguntaba para que te aceptara en su laboratorio era si estabas en serio o pretendías casarte y tener hijos porque en sus palabras ‘una mujer embarazada ya no sirve para nada’. Tú sabes que es violencia, él sabe que es violencia pero uno se siente bien amenazado no por una persona sino porque esas cosas entorpecen el trabajo de investigación. Nosotros dependemos de Conacyt y si repruebas, te cobra. ¿Quién puede vivir sin dinero y con esas preocupaciones extra? Así que en general, te lo pasas y ya”, recuerda sobre su paso por ese instituto.

Las luchas por mayor participación y reconocimiento del papel de las mujeres en diversos ámbitos de la vida profesional y en su seguridad personal continúan y han tomado fuerza en las redes sociales con movimientos como el He for She, que impulsa ONU Mujeres, y #She4She, del Tec de Monterrey.

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