Envato elements

Por: Agustín Ávila Casanueva*

“Hace cinco años tuve a mi hijo” me cuenta Jennifer Hahn-Holbrook, investigadora del Laboratorio de lactancia, apego, tecnología y salud de las infancias, de la Universidad de California, Merced, “tuvimos muchos problemas para que pudiéramos amamantar. Todo el consumo de leche materna de mi hijo fue mediante una botella. Y yo sabía un poco sobre la leche y la importancia de sus nutrientes, pero también sabía acerca de la importancia de los ciclos de sueño y vigilia en la salud –continúa Jennifer, quien tiene una formación tanto en psicología como en biología– y tuve uno de esos momentos en los que se prende un foco en tu cabeza: Debería de alimentar a mi hijo con leche que obtuve a la misma hora que lo estoy alimentando”. Es decir, lo que Jennifer quería hacer es que la leche que obtuviera por la mañana sólo se la daría a su hijo en las mañanas, para la tarde, lo alimentaría con leche que se hubiera obtenido en tardes previas. Empatando el tiempo de extracción de su leche con el de la alimentación de su hijo. Si extraía leche y no se la daba inmediatamente a su hijo, debería de esperar al menos 24 horas.

¿Qué es lo que se pregunta la Dra. Hahn-Hoolbrook? “Sabíamos que la leche cambia” me explica la investigadora, “sabemos que los primeros días la madre genera calostro, después viene un tipo de leche que llamamos transicional, y después de la primera semana, la madre empieza a generar lo que llamamos leche madura”. Cada uno de estos tres tipos de leche son muy diferentes entre sí, tanto en color, como densidad, e ingredientes. “Lo que queremos es ir un paso más allá, saber cómo se diferencía la leche materna a lo largo del día” concluye Jennifer.

Nuestros cuerpos están acostumbrados a llevar un cierto ritmo de actividades a lo largo del día, tenemos un reloj interno. A esto se le llama ritmo circadiano. Al despertar en las mañanas entramos en vigilia, y nuestro cuerpo necesita estar alerta, por lo tanto, un poco antes de despertar, nuestro cerebro genera una señal para sintetizar una hormona llamada cortisol que justamente cumple la función de mantenernos alerta. Nuestro apetito a lo largo del día está –en parte– regulado por los niveles de leptina, una hormona que actúa sobre el hipotálamo. La cantidad de leptina sube y baja de acuerdo a los horarios a los que estamos acostumbrados a comer, de acuerdo a cómo la hemos entrenado. Conforme empieza a anochecer, nuestro cerebro empieza a sintetizar otra hormona llamada melatonina que regula nuestros patrones de sueño y rige nuestra somnoliencia.

Pero nuestro cuerpo ha aprendido a regular estos patrones de actividad y reposo con la práctica diaria a lo largo de varios años. Los bebés, como cualquier padre o madre desvelados nos podrán contar, no tienen los mismos ciclos que nosotros. Ni tampoco saben regularlos. “La leche materna, al parecer, sirve para entrenarlos –propone Jennifer–, la madre le pasa las señales que su cuerpo genera para que el bebé se acostumbre al ritmo circadiano de su madre”.

La leche materna es un reflejo del ritmo circadiano de la misma madre. Por ejemplo, la leche materna de la mañana tiene hasta 330% más cortisol que la leche de la noche. Y esa misma leche matutina carece por completo de melanina, hormona que está presente en una alta concentración en la leche de media noche. Pareciera que la leche le está enseñando al bebé cómo controlar su propio ritmo circadiano.

“Y no es cualquier ritmo. La leche está calibrando a cada bebé en específico con cada madre” propone la investigadora. “Si la madre trabaja en un turno nocturno, sus niveles de hormonas y de otras sustancias cambiarán, pero eso le permitirá al bebé tener el mismo horario que la madre, y así interactuar más tiempo con ella durante sus horas de vigilia”.

En México, según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2014, el 91% de las niñas y los niños nacidos entre 2009 y 2014 recibió leche materna, pero solamente el 11% lo hizo de manera exclusiva. Es este 11% el que probablemente esté en completa sincronía con su madre.

Pero ni Jennifer ni nadie están seguros de esto. Lo que sabe Jennifer es que hay muchas evidencias que apoyan su teoría y está juntando más datos y diseñando experimentos que logren comprobarla con gran rigor. También cuenta con otras colegas que creen en su propuesta, como Christine Bixby del Hospital Infantil del Condado de Orange, y de la Universidad de Irvine, ambos en California, y Darby Saxbe de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. También es una gran señal, la ciencia es una actividad colaborativa, necesitas colegas con los cuales hacer experimentos y discutirlos. Y la ciencia, también, debe de ser una actividad pública, así que Jennifer aprovecha para contarnos sobre su proceso científico. Pero sabe que debe de hacerlo con cautela.

“Aún no sabemos cuáles pueden ser las consecuencias de no tener una sincronía temporal con la leche que el bebé consume, o incluso si es que las hay” advierte la Dra. Hahn-Holbrook, “no quiero que las madres escuchen esto y se estresen, ¡ya de por sí tienen muchas cosas de las cuales preocuparse! pero sí les puedo decir que la leche materna, sin importar los horarios, es siempre mejor que la fórmula láctea”.

Jennifer no sólo está pensando en los hogares, sino también en los hospitales. Ningún hospital ni la OMS tienen una regulación horaria respecto a la leche que guardan o administran, pero, por ejemplo, a bebés enfermos tal vez convenga darles leche producida al medio día, ya que es la que tiene una mayor cantidad de anticuerpos, y así, ayudarlos a combatir la infección. O simplemente reducir los niveles de estrés en los bebés al mantenerlos en sincronía con los horarios de su madre y de su ambiente.

“En caso de que sí encontremos alguna o varias consecuencias de que el horario de producción e ingesta de la leche influye en el o la bebé” continúa Jennifer, quien junto con su equipo de trabajo está esperando un apoyo de medio millón de dólares de parte de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, “creemos que podemos ayudar a muchos bebés de una manera muy sencilla, sólo hay que marcar la hora en la leche que se va a guardar e ingerir por el bebé posteriormente y asegurarse que las horas de producción e ingesta sean similares”.

La Dra. Jennifer Hahn-Holbrook termina la entrevista entusiasmada y con una sonrisa “hay que esperar a los resultados de la investigación, pero si nuestra hipótesis se cumple, siento que podemos cambiar mucho, haciendo muy poco”.

Fuentes:

J Hahn-Holbrook et al. “Human milk as “chrononutrition”: implications for child health and development”. Pediatric Research (2019) 85:936–942; https://doi.org/10.1038/s41390-019-0368-x 

Alejandra Sánchez Pérez et al., “Práctica de la lactancia materna en México. Análisis con datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2014” REALIDAD, DATOS Y ESPACIO REVISTA INTERNACIONAL DE ESTADÍSTICA Y GEOGRAFÍA. Vol. 10, Núm. 1, enero-abril, 2019

*Agustín B. Ávila Casanueva es Lic. en Ciencias Genómicas y profesor del Tecnológico de Monterrey campus Cuernavaca. Visita su blog https://tengaparaqueseentretenga.wordpress.com/

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Ingrese su nombre