La arquitectura es una profesión u oficio antiguo. El arte de cobijar al ser humano existe desde la necesidad de vivir en sociedad. La revolución industrial ha producido una ciudad bajo un concepto de planeación o zoning, en la cual se intentaba ordenar el territorio en función de sus usos.  La ciudad postindustrial o posmoderna se describe como caótica, compleja, en la cual están insertos los no-lugares, como lo plantea Marc Augé en Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad.

Entendemos que la arquitectura transforma la ciudad y, a su vez, es discurso sobre ella. Sin embargo, nos deja perplejos, dudamos de nuestras referencias arquitectónicas (¿cómo se describiría una buena arquitectura?); intuimos de su relación con la calidad urbana, pero no tenemos claro cuál es esa relación exactamente. Vivimos, “sufrimos”, nuestras ciudades mexicanas y buscamos culpables (¿el arquitecto?, ¿el urbanista?, ¿el gobierno?, ¿la sociedad de consumo?, ¿la inseguridad?).

Nunca antes el arquitecto o el urbanista había estado confrontado a un territorio tan complejo, donde no se trata de inventar formas o trazados nuevos, sino de arreglar lo que ya no funciona; intentar impulsar calidad de vida y equidad espacial en territorios lastimados, contaminados, desfigurados. Tenemos referencias, lejanas geográfica o temporalmente, que intentamos reproducir o copiar en nuestras ciudades. En muchos casos, el resultado es decepcionante; de vez en cuando son islas de bienestar, pero difícilmente escalables a otras dimensiones.

Sin embargo, son indicios para una reflexión sobre cómo abordar el territorio: en ese sentido, los datos masivos nos permiten elaborar una visión de ciudad ya no sólo a partir de mapas y representaciones, sino de correlaciones. Asimismo, como ciudadanos nos sentimos ajenos, o impotentes, frente al caos en el que vivimos; quisiéramos tener una mejor relación con nuestros entornos urbanos, pero frente a la enorme complejidad y tamaño no tenemos muy claro cómo ser partícipes del mejoramiento. A través del uso de las nuevas herramientas digitales de participación ciudadana podemos ser parte e insumo de la transformación urbana.

Nuestras ciudades necesitan, entonces, de arquitectos y urbanistas que sean capaces de entender y analizar esas correlaciones, ser sensibles a las diferentes herramientas digitales de participación ciudadana (la democracia “líquida”), para, así, plasmar de manera creativa, una visión que integre una gran cantidad de datos, proponiendo soluciones no solamente sostenibles, sino innovadoras e inteligentes a problemáticas cada día más complejas y urgentes.

Vivimos, “sufrimos”, nuestras ciudades mexicanas y buscamos culpables

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