(Foto: iStock)

Por: Laurence Bertoux*

La salud históricamente ha tenido una gran influencia sobre la forma de las ciudades, de manera particular con el movimiento higienista del siglo XIX. A lo largo del tiempo, se ha desarrollado una relación entre la medicina y el urbanismo. Cuando la primera no ha tenido las herramientas para enfrentar o remediar alguna crisis sanitaria, muchas de las soluciones han venido de la arquitectura, del medio ambiente y, finalmente, de la disciplina urbanística.

A través de la gestión del territorio, el urbanismo ha propuesto soluciones enfocadas a la salubridad –por ejemplo, el manejo del agua y de los residuos– y al acceso a áreas verdes, como parques y jardines. Aunque este vínculo entre disciplinas ha disminuido desde la década de 1970, fruto de los progresos de la medicina y por amenazas de otro tipo como el clima, el agotamiento de recursos naturales, los sismos y el terrorismo.

Sin embargo, la más reciente pandemia de Covid-19 nos ha hecho tomar conciencia individual de dos aspectos principales: la distancia y el espacio que utilizamos o necesitamos en las ciudades.

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La sana distancia nos obliga a vivir alejados los unos de los otros. Y si bien un metro y medio es una escala que pudiese parecer anecdótica, aplicada a cómo vivimos, producimos y nos desplazamos en las urbes tiene potencialmente un impacto muy alto.

Inconscientemente esperamos que herramientas tecnológicas como el tracking digital, que sirve para seguir el movimiento de las personas, y el descubrimiento de una vacuna contra el nuevo coronavirus nos permitirán regresar a una convivencia sin distancia sanitaria. Incluso creemos que las complicaciones para implementar las medidas de distanciamiento –como reducir a la mitad o a la tercera parte la capacidad en medios de transporte, espacios de trabajo, lugares de estudio y áreas de ocio– serán muy pasajeras.

Pero algo ha quedado claro: nuestra relación con la distancia cambió para siempre. Descubrimos que podemos trabajar desde un lugar diferente a la oficina, que muchos de nuestros desplazamientos son superfluos y que la calidad de la experiencia de confinamiento está estrechamente ligada a la calidad de nuestra red digital.

Después del distanciamiento social organizado a raíz de esta pandemia, descubrimos una distancia física en la cual perdimos la inocencia del contacto por la sociedad del metro y medio. Y es quizás lo que más nos afectará.

*Decana asociada de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño del Tec de Monterrey.

 

 

Esta columna forma parte de la edición julio-agosto 2020 de Tec Review. Lee más columnas de opinión en Voces y consulta gratis la revista aquí.

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