Pedestrian uses a cover made of acrylic, as a precaution measure against Covid-19 in London. (Foto: Justin Tallis / AFP)

Tienen mala prensa, no cabe duda: SARS, MARS, EVE (virus del Ébola) y en particular el SARS-CoV-2, patógeno que desde finales del 2019 ha puesto de cabeza al mundo con 7.3 millones de contagios y 418,000 muertos y contando.

Pero intentar englobar el fenómeno de “replicones”, como también se les conoce en biología, en una sola palabra —virus— es como pretender describir el universo señalando una sola estrella.

De hecho, su diversidad es tan abismal como el desconocimiento que tenemos de ellos.

Según un artículo del catedrático en microbiología de la Universidad de Navarra, Ignacio López-Goñi, tan sólo de los virus capaces de infectar poblaciones microbianas existirían algo así como 1031 (un 10 seguido por 31 ceros) que supera significativamente el 1022 (un 10 seguido por 22 ceros) que señala el número de estrellas del universo visible.

De esa suprastronómica cifra, hasta hace menos de un lustro solo conocíamos el genoma de cerca de 2,000 virus, según la base de datos del National Center for Biotechnology Information.

“Los virus están, probablemente, desde el origen de la vida, son parte del ruido de fondo del último ancestro y siempre han sido parte integral de la dinámica vital”, dice Valeria Souza, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM, para quien su origen se debe remontar a 4,000 millones de años, cuando surgió la vida.

“Solamente tenemos las huellas genéticas y perdimos esa señal inicial, igual que perdimos la señal del Big Bang; ocurrió hace demasiado tiempo y no dejaron huella”.

Entre la vida y la no vida

Los virus son la entidad biológica más sencilla que existe. Su existencia oscila entre la vida y la no vida.

Una suerte de zombis genéticos constituidos por ADN o ARN, cubiertos por una cápside, es decir, una capa de proteínas que al igual que lo hace una cáscara de naranja o de aguacate con la carne de la fruta, recubre el material genético para protegerlo y un poco de lípidos (grasa), nada más.

Pero su simplicidad es sólo aparente. Para Antonio Lazcano Araujo, profesor de la Facultad de Ciencias y miembro del Colegio Nacional, “lo simple no es sinónimo de lo primitivo y a mí me gusta siempre poner el ejemplo del Ikebana, ese arte floral japonés que es maravilloso, con unas cuantas ramitas, con pocas flores, pocas hojas verdes, es muy, muy refinado… lo mismo pasa con los virus”.

La sofisticación proviene de su capacidad parasitaria intracelular. Lo que se traduce en que, mientras su existencia transcurre fuera de una célula, los virus no son más que partículas inertes.

Pero una vez dentro, todo cambia. “Se convierten en un Caballo de Troya tremendo que tiene la capacidad de apoderarse de toda la maquinaria celular para replicarse”, describe Ana Lorena Gutiérrez Escolano, profesora del Departamento de Infecotómica y Patogénesis Molecular del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (CINVESTAV).

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El viroma humano

Asociados históricamente a patologías, la palabra virus tiene su raíz en el latín veneno. Concepción en la que pagan justos por pecadores, pues la inmensa mayoría podrían ser no sólo inocuos, sino incluso beneficiosos para la ecología y para nuestro organismo.

Según la investigación El viroma humano. Implicaciones en la salud y enfermedad publicada en la Revista Habanera de Ciencias Médicas, en nuestro cuerpo existirían 100 veces más virus que células eucariotas conformando lo que se conoce como el viroma humano, es decir, el conjunto de todos los virus encontrados en nuestro organismo, incluyendo los virus causantes de infecciones agudas, persistentes y latentes.

Esta interactividad ancestral habría dejado huella en al menos 100,000 fragmentos virales conocidos.

Una cifra que representa el 8% del total de nuestro genoma y que, a decir de Lazcano Araujo, jugaría un papel fundamental en nuestra existencia.

“Los animales como nosotros, los perros o las ballenas nos desarrollamos a partir de un embrión que genera una placenta, la cual es una célula grandotota con muchos núcleos que no se divide. Eso es exactamente el mismo fenómeno que vemos en las infecciones por retrovirus. Los patólogos, por ejemplo, reconocían muy rápidamente una infección por VIH cuando veían células en las que se multiplicaba el núcleo pero no se dividía la célula. Los genes que determinan la formación de la placenta en los mamíferos placentarios, y los genes que impiden que las células infectadas por VIH se dividan claramente vienen de un retrovirus”, dice el especialista en evolución temprana y en el origen de la vida.

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Organismos exitosos

Los médicos griegos pensaban que las fiebres epidémicas tenían su origen en el aire infectado por emanaciones letales o “miasmas”, nos recuerda Federico Kukso en Odorama (Taurus, 2019), una idea que prevalecería durante siglos. La primera vez que se describió un virus —el de la rabia— no fue sino hace poco más de 100 años gracias a Louis Pasteur. Desde entonces el conocimiento ha avanzado, pero no tan rápidamente como quisiéramos. Dada la dimensión del objeto de estudio, los esfuerzos científicos son equiparables a lanzar sondas para explorar el universo cercano.

Actualmente el Joint Genoma Institute en California, Estados Unidos, desarrolla protocolos de análisis metagenómico y en los últimos años logró analizar 3,000 muestras distintas generando cantidades ingentes de datos y “un aumento de nuestro conocimiento de los virus de 17 veces”, según estima López-Goñi.

Tan cambiante es el conocimiento que tenemos de los virus, como la capacidad que ellos tienen de replicarse y adaptarse a nuevos ambientes, mutar y transmitirse entre organismos, características que los convierte en organismos exitosos desde la perspectiva evolutiva.

Refiriéndose al SARS-Cov-2, Lazcano Araujo señala: piénselo no desde el punto de vista humano, sino desde el punto de vista del virus, se dispersa fácilmente, se multiplica con facilidad, infecta y mata una proporción muy reducida de humanos, el resultado es que va a seguir multiplicándose durante mucho tiempo”.

Un fenómeno que aunque dramático no evita el asombro desde la mirada científica: “son entidades biológicas maravillosas”, dice Gutiérrez Escolano, “desafortunadamente nos causan este tipo de enfermedades que cobran muchas vidas humanas (…) (pero) nos han enseñado mucho de la Biología Molecular que conocemos, ¿por qué?, porque se parecen mucho a nuestras células, desde el punto de vista genético, y estudiarlos con esos genomas tan chiquititos  —una célula tiene 30 mil genes y algunos virus tienen cinco o diez genes— nos ha permitido no solamente conocerlos a ellos como entidades, sino conocer mucho de la biología molecular de nosotros, de nuestras células”.

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