Ilustración: Esmira Barrera

Por Rodrigo Pérez Ortega*

El cerebro es uno de los órganos más importantes del cuerpo y de los más difíciles de descifrar para la ciencia. Por investigaciones antropológicas, se calcula que su evolución –desde el australopiteco a la actualidad– ha requerido unos tres millones de años.

Uno de los campos más complejos para la investigación médica son los fármacos para tratar las enfermedades del cerebro. Tanto las enfermedades motoras, como las psiquiátricas, son de las más duras de tratar, ya que es común que los medicamentos fallen o no funcionen.

En la enfermedad de Parkinson, las neuronas que producen dopamina en los ganglios basales del cerebro –que son esenciales para el movimiento muscular– poco a poco dejan de funcionar adecuadamente. Las manos de los pacientes tiemblan sin control y movimientos básicos se vuelven complicados. El fármaco levodopa o L-DOPA puede elevar los niveles de dopamina; sin embargo, no es muy efectivo para muchos pacientes.

El lenguaje de las neuronas es la electricidad. Para comunicarse entre sí, estas células mandan diminutas descargas a través de sus axones, que causan la liberación de neurotransmisores –los mensajeros químicos del cerebro–, los cuales pasan el mensaje a las demás neuronas.

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La última opción para numerosos pacientes con Parkinson es la estimulación cerebral profunda. En este tratamiento, dos delgados electrodos se introducen en el cerebro –en la región de los ganglios basales– y producen impulsos eléctricos. Justo como un marcapasos, unos finos cables que pasan por debajo de la piel conectan a un dispositivo que se instala en el pecho con los electrodos. Así, se puede controlar la frecuencia e intensidad de dichas descargas.

Andar por la vida con dos electrodos en el cerebro podría parecer como sacado de una novela de ciencia ficción o una película de cyborgs, pero la mejoría de los pacientes con estos dispositivos es impresionante. Es indoloro, ya que el cerebro no es capaz de sentir dolor. En cuestión de segundos, pacientes que antes tenían problemas para caminar y temblores en las manos, de pronto ya no los tienen en cuanto se activa el dispositivo.

La estimulación cerebral profunda fue desarrollada accidentalmente, en 1987, por el doctor Alim-Louis Benabid, neurocirujano y físico francés, al notar que, durante una cirugía, los temblores de una paciente con la enfermedad de Parkinson paraban al introducir una descarga eléctrica a una frecuencia de 100 Hz.

Resulta curioso que después de 30 años de su invento no se sabe exactamente cómo es que funciona este tratamiento mínimamente invasivo, pero algunas investigaciones han sugerido que recalibra la actividad eléctrica de circuitos que están funcionando de manera anormal.

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Esta técnica, que para algunos es una salvación, también ha sido aprobada por las autoridades sanitarias para tratar algunos tipos de epilepsia y el trastorno obsesivo-compulsivo. Actualmente, en fases experimentales ha sido muy efectiva para tratar otros males como depresión, adicciones, dolor crónico, esclerosis múltiple y accidente cerebrovascular. Sin embargo, como con cualquier cirugía, el procedimiento conlleva riesgos, y siempre existe la posibilidad de que no sea tan efectivo y se tengan que seguir tomando fármacos.

*Rodrigo Pérez Ortega es divulgador de ciencia y neurocientífico.

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