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La gran plaga de Londres fue el último brote de la peste negra que un par de siglos antes había azotado a Europa.  Entre los años de 1665 y 1666, la infección causada por la bacteria yersinia pestis y denominada peste negra porque la piel de los enfermos se cubría de ampollas ennegrecidas, cobró la vida de unas 100,000 personas en Gran Bretaña. El confinamiento al que la enfermedad orilló tuvo como consecuencia indirecta algunos de los avances más importantes de la historia de la física y las matemáticas. La historia tuvo lugar en Woolsthorpe, a unos 100 kilómetros de Cambridge en donde el jóven Isaac Newton realizaba sus estudios antes de recluirse por un periodo de casi dos años. Un tiempo invaluable para concentrar su pensamiento científico.

Los años milagrosos

La aldea de Woolsthorpe ubicada a 150 kilómetros de Londres era un lugar de retiro para la familia de Isaac Newton. Durante el confinamiento propiciado por el rebrote de la peste negra que entre 1347 y 1353 había cobrado la vida de 200 millones de personas en Europa, el entonces estudiante de Cambridge se abocó a a estudiar el fenómeno de la luz y la fuerza gravitacional, entre otras grandes inquietudes.

“Ese tiempo se conoce como los años milagrosos porque él se enfocó en tres temas de la física: la óptica, el cálculo diferencial e integral y las leyes de movimiento y gravitación”, comenta el astrónomo Luis Felipe Rodríguez, integrante del Colegio Nacional.

Rodríguez dice que fue durante el encierro que Newton se dio cuenta que el espectro de luz blanca estaba compuesto por la superposición de todos los colores. Unos años después de la epidemia, Newton hizo uso de un cuarto oscuro y un rayo de luz solar que incidía en el prisma para lograr su descomposición y la definición del concepto de refracción de la luz.

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Asimismo, en La mente que cambió la historia de la ciencia de James Gleick se narra que durante el confinamiento, el físico y matemático se percató de que había ecuaciones que nunca se modificaban como la utilizada para sacar la circunferencia de un círculo, pero que había otras que se modificaban con el tiempo. Esta anotación fue la base para desarrollar el cálculo integral y diferencial.

Aunque este hallazgo también se le atribuye al alemán Gottfried Wilhelm von Leibniz, quien trabajó de forma independiente. Hoy se considera que fueron ambos científicos quienes unificaron y resumieron conceptos como integral y derivada, y desarrollaron el simbolismo y las reglas formales del cálculo.

Por si no bastara, durante el confinamiento Newton tuvo avances en sus experimentos que le permitieron crear las leyes de la inercia, aceleración y la de acción y reacción, en los cuales ya trabajaba desde un año antes de la epidemia. Pero una de sus anécdotas más conocidas y también a la que se le debe la ley de gravitación universal se dio por una fruta.

El pináculo de la invención

Es un lugar común citar la manzana que supuestamente le cayó a Newton en la cabeza para propiciar sus reflexiones entorno a la gravedad. Pero en enero de 2010, la Royal Society de Londres hizo público el manuscrito que relata la historia original de cómo el físico se inspiró en esa fruta para plantearse el tipo de fuerza que la atraía hacia el suelo y, simultáneamente, preguntarse porque un objeto mucho mayor como la Luna no era afectado por el mismo fenómeno.

De acuerdo con la Royal Society, esta historia dada a conocer en la biografía La vida de sir Isaac Newton de William Stukeley (1752) fue rescatada gracias que el escritor era amigo de Newton y atestiguó sus reflexiones al respecto. El físico asegura que es verídica la historia de la manzana que lo golpeó en la cabeza.

Newton reconoció en un manuscrito el motivo de sus avances durante el confinamiento. “Todo esto ocurrió en los años de la peste. Y es que en esos días estaba yo en el pináculo de mi edad para la invención y me interesaban las matemáticas y la filosofía más que en cualquier época posterior”, indica el libro.

La universidad de Cambridge volvió a abrir sus puertas en 1667. A los tres meses, Newton obtuvo su grado y cuando cumplió treinta años se convirtió en el miembro más joven de la Royal Society.

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