Hay, al menos, un gesto diario en que el inventor Nikola Tesla se hace presente en tu vida: encender la luz. Hace más de 130 años, la energía eléctrica circulaba en una sola dirección. Tesla desarrolló la corriente alterna, capaz de traer y llevar esa energía 60 veces por segundo de manera mucho más barata. Sin embargo, la historia prefirió que recordemos al hombre que inventó la bombilla –Thomas Alva Edison– y no al que ideó todo el sistema que conduce la electricidad hasta ella.

Mucho antes de que el primer auto eléctrico del fabricante de vehículos Tesla Motors resucitara su nombre, Nikola Tesla ya lo había imaginado casi todo. Mientras la gente apenas empezaba a conocer las ventajas de la corriente alterna, él ya pensaba en sistemas autónomos, robots que manejaran automóviles e, incluso, aviones eléctricos.

La suya es la historia de alguien que quería comunicarse con Marte, sacar unidades de calor de la atmósfera para hacer funcionar un motor o usar la tierra como un resonador eléctrico para que un hombre en China pudiera hablar de forma inalámbrica con otro en Sudáfrica, transmitiendo energía a través del espacio. Era 1888 y ya hablaba incluso de algo que ahora parece transgresor: energía limpia, ilimitada y gratuita.

Pero durante años, su figura ha permanecido en un segundo plano. “La mayoría de gente nunca ha oído hablar de Nikola Tesla. Ojalá eso cambie con el tiempo”, afirmó Elon Musk, el CEO de Tesla Motors, en un tuit de 2013.

¿Por qué se mantuvo en segundo plano?

Tesla quería inventar el siglo XX, pero creyó que podía hacerlo solo. “Su gran error fue creer que podía con todo, se creyó demasiado su propio mito”, asegura Iwan Morus, profesor de Historia en la Universidad de Aberystwyth, en Reino Unido, y autor del libro Nikola Tesla and the Electrical Future. “Pensó que podía inventar el futuro si alguien le daba suficiente dinero para hacerlo. En realidad, crear el futuro era un proceso colaborativo y Tesla no quería compartir la gloria con nadie más”.

Aunque el profesor defiende que la imagen de genio totalmente olvidado es falsa. “La primera biografía sobre él fue escrita un año después de su muerte y ha habido un flujo constante desde entonces. Hay una unidad científica y un auto que llevan su nombre. Han hecho películas sobre él. David Bowie lo ha interpretado en el cine y se menciona constantemente en la serie de televisión The Big Bang Theory”. Para Morus, la noción de que es un genio olvidado forma parte del mito que él mismo creó.

“Una vez que vende sus inventos, como el motor de inducción o el sistema de energía hidroeléctrica, tomaron el nombre de Westinghouse. Es como el mouse, casi nadie sabe quién lo inventó, pero se asocia con Steve Jobs porque fue el primer jugador importante en usarlo en la computadora de Apple. Tesla era un verdadero genio”, añade Marc J. Seifer, autor de Wizard: The life & times of Nikola Tesla.

Nikola antes de Tesla

Su vida tenía los elementos para crear un mito. Tesla empezó a pensar en la corriente alterna a los 19 años, cuando estudiaba ingeniería eléctrica en la Universidad Politécnica de Graz, en Austria. Se obsesionaba con facilidad. Hay varios relatos en los que hablan de él en Smiljan, el pueblo serbio-croata donde nació en 1856, haciendo pequeños inventos caseros con su madre y sorprendiendo a sus maestros con cálculos matemáticos imposibles para alguien de su edad. Aunque la frontera entre realidad y ficción no está clara.

Esos años, Tesla tuvo más fallos que aciertos. Su padre, un pastor ortodoxo, lo había enviado a Austria para estudiar, pero cuando estaba en segundo año, el Ejército dejó de pagarle la beca. El inventor pensó que podía cubrir los gastos apostando al billar y al póker, pero se volvió adicto al juego y ni siquiera pudo terminar la universidad.

Los tres años siguientes, entre 1878 y 1881, los pasó sin rumbo fijo: trabajó en Eslovenia, se fue a Croacia y luego a Praga para reengancharse a los estudios, pero no lo logró. Después se instaló en Budapest para trabajar en la Oficina de Telégrafos.

Al año siguiente hubo un cambio. Tesla entró a trabajar en la Edison Continental Company en París, donde creó el primer prototipo del motor de inducción. Ese avance lo animó a probar suerte en Nueva York y en 1884 llegó al despacho del estadounidense Thomas Alva Edison con una carta. En ella se leía: “Conozco a dos grandes hombres, y usted es uno de ellos. El otro es el joven portador de esta carta”. La misiva estaba firmada por Charles Batchelor, su último jefe en Europa, y fue suficiente para que Edison lo contratara para trabajar con él.

Para comprender a Tesla es importante entender la complicada relación que tuvo con Edison. Cuando se encontraron por primera vez, Edison tenía 37 años y Tesla 28. El estadounidense ya había inventado el repetidor de telégrafos, el fonógrafo, la bombilla y la corriente continua, tenía cerca de 400 patentes y la prensa lo adoraba.

Años después, en una entrevista a The New York Times, Tesla recordaba así esos primeros meses trabajando con Edison: “Vine de París en la primavera de 1884 y estuve en contacto íntimo con él. Experimentamos día y noche, sin vacaciones. Su existencia estaba hecha de alternar periodos de trabajo y sueño en el laboratorio. No tenía hobbies, no le preocupaban los deportes o diversiones de ningún tipo y vivía sin atender las más básicas reglas de higiene (…) Su método era extremadamente ineficiente. Al principio me daba pena ser testigo de eso, sabiendo que solo un poco de teoría y cálculo podrían haberle ahorrado el 90 % de su trabajo. En vista de esto, el verdadero prodigio de sus logros es poco menos que un milagro”.

Había una razón para esas palabras en las que resuena el resentimiento. Cuando Tesla comenzó a trabajar para Edison le propuso mejorar su generador, éste aceptó que lo hiciera y le ofreció 50,000 dólares a cambio. Pero una vez que lo consiguió, la respuesta de Edison fue contraria a lo esperado: “Cuando seas un estadounidense de verdad lograrás comprender una buena broma”. Nunca le pagó.

Todo o nada

La fama que le dio haber ganado la guerra de las corrientes contra Edison e imponer su modelo de corriente alterna para suministrar electricidad a grandes ciudades fue la carta que Tesla jugó para que, en 1901, el banquero JP Morgan le financiara un experimento para crear un sistema de transmisión inalámbrica. Estaba en la cima de su carrera.

La Torre Wardenclyffe, en Long Island, Nueva York, sería el centro de operaciones. Para Tesla esa representaría la primera de muchas otras torres de control desde las que podría crear un sistema de telecomunicaciones mundial.

“Dentro de poco será posible que un hombre de negocios en Nueva York envíe instrucciones y aparezcan escritas en Londres o en cualquier otro lugar. Él podrá llamar desde su despacho y hablar con cualquier suscriptor de teléfono en el mundo. Sólo será necesario llevar un instrumento barato, no más grande que un reloj para escuchar”, decía en una entrevista en 1909.

Pero ese momento no llegó. Una vez que el italiano Guillermo Marconi envió un mensaje transatlántico con un equipo mucho más barato, Morgan retiró los fondos de Tesla. “Morgan no era capaz de ver cómo facturar a un cliente que usara un teléfono celular. Hoy tenemos computadoras para rastrear esas llamadas, pero entonces no”, explica Seifer.

Tesla era una persona de todo o nada. “Construiría todo su Wardenclyffe Enterprise o no lo haría en absoluto. Si hubiera sido más humilde, podía haber construido operaciones más pequeñas para demostrar que efectivamente había inventado un teléfono inalámbrico”, detalla Seifer. “Esto fue en 1901 y el sistema de Marconi solo podía transmitir código Morse, puntos y guiones y siguió siendo la tecnología predominante durante unos 20 años. Si Tesla hubiera mostrado su teléfono inalámbrico usando las frecuencias de onda continua en una escala más pequeña, podría haberse mantenido en el juego”.

Tesla defendió su idea, pero no volvió a intentarlo. Marconi marcó el fracaso de su Torre Wardenclyffe y pasó a la historia como el inventor de la radio, aunque para ello utilizó 17 patentes de Tesla. En 1943, un tribunal estadounidense retiró las patentes de radio de Marconi a favor de Tesla, pero para entonces ambos estaban muertos.

El problema con este tipo de versiones de la historia es que se basan en el mito del inventor solitario, explica el escritor Matt Novak en su conferencia “Edison vs. Tesla. El mito del inventor solitario”. “Nos gusta imaginar que existe un inventor fuera de las fuerzas culturales e institucionales que facilitan la innovación (…), pero es una mala comprensión de la historia que no favorece al futuro. Para permitir que la gente entienda realmente lo desordenada que es la historia de la innovación y la invención, necesitamos matar el mito del genio solitario y celebrar la rica diversidad de personas que crean una invención”.

A Tesla, por ejemplo, también se le atribuye la invención del radar, obviando la contribución del físico alemán Heinrich Hertz o del propio Marconi. Por eso los historiadores insisten en reivindicar que los avances de la ciencia casi siempre son esfuerzos colectivos.

“Todavía tendemos a pensar en inventos así, y muchos emprendedores tecnológicos contemporáneos se retratan de esta manera, como el esfuerzo de una sola persona, de un gran hombre que está dispuesto a romper las reglas para conseguir lo que quiere”, añade Morus. “Es una imagen de invención muy seductora, y creo que es muy peligrosa y engañosa. Y sí, esta es una actitud muy masculina”.

El mito del científico loco

Tenía 86 años cuando murió solo y arruinado en el New Yorker Hotel. Nadie se dio cuenta hasta que una de las personas que limpiaba las habitaciones lo encontró muerto. En su puerta había un cartel que decía Do not disturb (No molestar). Pero el declive comenzó mucho antes.

La noticia de que Tesla estaba trabajando en un “rayo de la muerte” capaz de derribar 10,000 aviones enemigos a 250 millas de distancia ocupó una página de la edición del 11 de julio de 1934 de The New York Times. “Sólo arma defensiva. En una entrevista, científico cuenta sobre el aparato que dice que matará sin dejar rastro”, indicaba el titular.

La gente comenzó a pensar en él como un científico loco y las noticias les daban la razón. Un día Tesla anunciaba que había desarrollado un motor que funcionaba con rayos cósmicos y al otro día los medios publicaban que había descubierto una nueva técnica para fotografiar pensamientos o que estaba trabajando en una nueva física no einsteiniana.

Las noticias también recogían detalles de alguien raro, que odiaba las joyas y no podía cruzar ni una palabra con mujeres que llevaran perlas.

Una vez alguien dijo que se había enamorado de una paloma a la que iba a alimentar en el parque Bryant, detrás de la Biblioteca Pública de Nueva York, y estaba obsesionado con el número tres y con la limpieza, al punto que tenía que tener 18 servilletas en su mesa durante la comida. Así es como empezó a desaparecer el científico para ser reemplazado por el mito.

Seguía siendo uno de los inventores vivos más destacados, pero, hacia el final de su vida, los medios retrataban a alguien que había desaparecido entre las sombras. “Todo eso fue hace mucho tiempo y Tesla se ha quedado en un crepúsculo de semioscuridad”, publicó la revista Time en 1934. “Con un traje marrón pasado de moda, recibió la prensa un día de la semana pasada en una sala de recepción del New Yorker Hotel”.

Ese día era su cumpleaños, Tesla cumplía 78 años. Cuando el periodista le preguntó qué opinaba de las críticas a su trabajo, Tesla respondió: “La opinión del mundo no me afecta. He puesto como los valores reales de mi vida lo que permanece cuando esté muerto”.

Este reportaje fue publicado en la edición 29 de la revista Tec Review. Para leerla, da clic aquí.

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