Un área de la jungla Tikal, en Guatemala (Foto: iStock)

Thelma Gómez Durán/Mongabay

Hace poco más de dos décadas comenzó un experimento en la Reserva de la Biósfera Maya: el Estado guatemalteco otorgó 500,000 hectáreas de selva en concesión a las comunidades locales.

Hoy ese experimento es un modelo que ha demostrado que es posible detener la deforestación, conservar el bosque y su biodiversidad, pero también otorgar mejores condiciones de vida a las comunidades.

En su más reciente informe “El Estado de los Bosques del Mundo 2020”, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), reconoce a las concesiones forestales comunitarias del Petén como un caso de éxito que recomienda replicar, sobre todo para detener la pérdida de superficie forestal y la biodiversidad.

Desde 1990, la superficie forestal mundial disminuyó 178 millones de hectáreas, lo que equivale aproximadamente a la superficie de Libia, resalta el informe de la FAO. Sudamérica es la segunda región del mundo, después de África, en donde se está perdiendo más bosques: 2.6 millones de hectáreas al año.

El sector agrícola, indica el informe, es responsable del 75 % de la deforestación en todo el mundo.

Ante este panorama, el organismo internacional resalta que hay ejemplos de cómo conseguir un equilibrio entre la conservación de los bosques y el uso de recursos forestales para mejorar los medios de vida de las comunidades locales. Y uno de esos ejemplos es el manejo forestal comunitario que se realiza en la Reserva de la Biósfera Maya en Guatemala.

Una barrera contra la deforestación

En las 500,000 hectáreas de la zona de usos múltiples de la Reserva de la Biósfera Maya, donde las concesiones comunitarias funcionan desde 1994, la deforestación se detuvo e, incluso, en algunas áreas se ha registrado un aumento de la cobertura forestal, se resalta en el informe de la FAO.

Steven Lawry, asociado del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR), explica que las concesiones forestales comunitarias no se establecieron con “el único propósito de conservar la biodiversidad. Más bien, fueron diseñadas para servir a múltiples propósitos”.

Las comunidades lograron que sus planes de manejo forestal fueran certificados por el Consejo de Administración Forestal (FSC, por sus siglas en inglés).

En los bosques ya degradados, explica Lawry, “la cobertura forestal regresó y se creó una gran cantidad de empleos en la cosecha y el procesamiento de productos forestales maderables y no maderables”.

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Hoy las comunidades que tienen las concesiones forestales en la Reserva de la Biósfera Maya obtienen la mayoría de sus ingresos de la venta de madera y de otros recursos no maderables que se aprovecha en forma sostenible, así como del turismo comunitario; alrededor de un tercio de los recursos se invierten en capacitación, adquisición de equipos tecnológicos para monitoreo territorial, acciones para la prevención de incendios y la protección del bosque.

Y aunque no era su primer objetivo, este modelo de forestería comunitaria ha demostrado que se puede conservar la biodiversidad del bosque.

Estudios realizados por organizaciones civiles como Wildlife Conservation Society (WCS) han documentado que en el área concesionada a las comunidades es posible encontrar una de las densidades de población de jaguar más altas en Centroamérica.

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De campesinos a guardianes del bosque

Erick Cuellar, subdirector de la Asociación de Comunidades Forestales del Petén (ACOFOP), explica que la clave del éxito de este modelo de forestería comunitaria es que se ha logrado desarrollar “una relación en donde el bosque y la gente ganan. En países como los nuestros, el bosque va a existir en la medida en que genere beneficios para la gente pobre que vive en la zona […] Si la gente participa como un actor en el proceso de conservación y obtiene beneficios, los bosques van a existir”.

El informe de la FAO resalta que el modelo de forestería comunitaria del Petén reduce la emigración, aumenta las oportunidades laborales y permite desarrollar proyectos comunitarios para el mantenimiento de carreteras, servicios sanitarios y becas educativas para los niños y jóvenes de las comunidades.

En la actualidad, las concesiones forestales comunitarias del Petén benefician directamente a 14,000 personas e indirectamente a 30,000.

Pieter van Lierop, oficial regional para América Latina de la FAO, destaca que la forestería comunitaria es una “opción cuando se busca disminuir la deforestación, proteger la biodiversidad, restaurar pasajes forestales y mejorar las condiciones de vida de las comunidades que viven en los bosques”.

El oficial regional de la FAO apunta que una de las condiciones básicas para que este modelo funcione, es la existencia de leyes que reconozcan a las comunidades y que estas tengan un rol protagónico en el manejo forestal.

Para Erick Cuellar, subdirector de ACOFOP, el primer reto que enfrentaron las comunidades para desarrollar este modelo fue “convertirse de campesinos a manejadores del bosque, aprender a realizar un manejo forestal técnicamente bien hecho… Se logró que este proceso se lo apropiaran las comunidades, que se hiciera el manejo con los estándares del FSC. Eso ha permitido que este modelo permanezca y, sobre todo, que el bosque exista y esté conservado”.

En el informe de la FAO también se resalta que para que este modelo logre desarrollarse se requiere de un marco regulador apropiado, organizaciones comunitarias fuertes, asistencia técnica, acceso a los mercados, apoyo institucional y otros incentivos.

Las concesiones forestales que el Estado guatemalteco entregó a las comunidades tienen un periodo de vigencia de 25 años. En la actualidad, de 12 concesiones comunitarias solo una ha obtenido su renovación. En los próximos meses, el gobierno del presidente Alejandro Giammattei deberá decidir si se renuevan las otras concesiones.

“Un gran desafío que ahora tenemos”, destaca Erick Cuéllar, es obtener la renovación y que se garantice la continuidad del modelo forestal comunitario.

Un modelo que busca crecer

Una de las mayores amenazas para las concesiones comunitarias del Petén es la falta de seguridad legal sobre su renovación. Pero esa no es la única.

La Reserva de la Biósfera Maya, creada en 1990, ocupa 2.1 millones de hectáreas. Si bien en las 500,000 hectáreas que administran las comunidades forestales la deforestación se ha detenido, no puede decirse lo mismo del resto del área.

En el informe de la FAO se destaca que el bosque que está fuera de las concesiones se encuentra en riesgo constante debido a la tala ilegal, los incendios forestales provocados, la invasión agrícola y la ingobernabilidad relacionada con la presencia del crimen organizado.

Tan solo en los últimos 25 años —de acuerdo con datos incluidos en el estudio de la FAO— en la parte guatemalteca de la Selva Maya se ha perdido cerca del 38 % de bosques, registrándose una disminución de la cubierta forestal de 2.62 millones a 1.63 millones de hectáreas entre 1991 y 2016.

Erick Cuellar comenta que debido al avance de la frontera agrícola y ganadera en la Reserva de la Biósfera Maya, “el proceso de conservación de los recursos es cada vez más complejo”.

Y es por ello que Cuellar dice que para las comunidades forestales del Peten hay sentimientos encontrados cuando se les reconoce a nivel internacional, como sucede en el informe de FAO: “Nos da mucho orgullo que se reconozcan los logros que hemos tenido a nivel social, económico y ambiental. Pero, por otro lado, nos da cierta frustración, porque tenemos que hacer una defensa constante del modelo, ya que hay muchos grupos de poder que tienen intereses en la Reserva”.

En los últimos años, además de la presión por la expansión de la agricultura y la ganadería ilegal, las concesiones forestales comunitarias se enfrentan a grupos privados que intentan obtener autorizaciones para realizar exploración petrolera o megaproyectos turísticos en la Reserva de la Biósfera Maya.

Las comunidades que tienen las concesiones forestales no bajan la guardia. Tal ha sido su empeño y éxito que ahora, comenta Erick Cuellar, hay dos organizaciones comunitarias, que integran cerca de 600 personas, que buscan integrarse a la ACOFOP y realizan los trámites para solicitar el otorgamiento de concesiones forestales dentro de la Reserva.

Este modelo de concesiones forestales comunitarias que se ha desarrollado en El Petén también se busca replicar en países como Colombia, Perú y Ecuador.

En otros países como México, el manejo forestal comunitario se realiza desde la década de los ochenta en bosques que son propiedad colectiva de ejidos o comunidades indígenas, en especial en estados como Oaxaca, Chihuahua, Michoacán, Durango, Campeche, Puebla y Quintana Roo.

La situación de los bosques de América Latina

El caso de éxito de conservación de bosques, que representan las concesiones forestales comunitarias del Petén, contrasta con la situación que viven diversas zonas forestales en América Latina.

En el informe de la FAO también se menciona que, durante la década de 2010-2020, se estima que América Latina ha perdido 2.6 millones de hectáreas de bosques al año; una cifra que es casi 50 % menos de lo que se registró entre 1990 y el 2010. “La velocidad (en que se da la deforestación) es un poco más lenta, pero sigue siendo una situación bastante grave”, resalta Pieter van Lierop, oficial regional para América Latina de la FAO.

Robert Nasi, director general del CIFOR, destaca que los datos preliminares de los informes FRA (Evaluación de los recursos forestales mundiales) y SOFO (Estado de los Bosques del Mundo 2020) de la FAO evidencian que durante el periodo de 2011 y 2015 sí se registró una disminución en la deforestación en la región; pero esa tendencia cambió “durante los últimos cuatro años”, cuando se registraron “incendios catastróficos (Bolivia, Paraguay, Perú) y cambios de política en Brasil y Colombia”.

En la región de América Latina, puntualiza Pablo Pacheco, “las plantaciones de palma aceitera no son necesariamente el principal impulsor de la deforestación, pero pueden tener impactos a escala local, por ejemplo, en Perú, Ecuador, Honduras, México y Guatemala”.

El informe de la FAO estima que la producción agrícola podría aumentar un 50 % de aquí al año 2050, en comparación con 2013. “Si no se cambia la forma actual de producir y consumir alimentos —se advierte— tal aumento de la producción tendrá probablemente un notable efecto adverso en los bosques y la biodiversidad”.

Pieter van Lierop, oficial regional para América Latina de la FAO, señala que uno de los desafíos que tiene hoy el mundo, como consecuencia de la pandemia de la Covid-19, es el comenzar una recuperación económica tratando de minimizar los efectos negativos sobre los bosques y los recursos naturales.

Si se quieren crear empleos, señala, los países tendrían que considerar que pueden hacerlo destinando fondos a las acciones que ayuden a conservar, mantener y recuperar los bosques.

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