(Photo: UNAM)

Describirlo físicamente es sencillo si acudimos a una anécdota que él mismo cuenta con gracia. Varios de sus amigos le han sugerido inscribirse al concurso que año con año celebra el bar Sloppy Joe’s, en Florida, para escoger al personaje con más parecido físico a Ernest Hemingway.

Exequiel Ezcurra es, al igual que el Nobel de Literatura de 1954, un viejo lobo de mar, pero de la conservación.

Nacido en Argentina y exiliado en México como consecuencia de la dictadura que azotó al país suramericano en los años setenta, el biólogo y actual catedrático de la Universidad de California en Riverside reniega serenamente tanto de nacionalidad original —mis ‘excompatriotas’, dice al referirse a los argentinos— como de su primera carrera como agrónomo.

“Estudié Agronomía (pero) muy rápidamente me di cuenta que (…) el deseo de un agricultor de técnicas modernas es tirar herbicida y pesticidas para que no haya más que el cultivo, para matar todo lo demás”, dice.

A México llegó por invitación de Gonzalo Halffter Salas, uno de los decanos de la biología, quien invitó al entonces joven Ezcurra a trabajar aquí.

Me deslumbré con México, con su biodiversidad, con la riqueza de sus ecosistemas, de su cultura y de su gente. Yo ya sabía que lo que me interesaba era preservar la diversidad del planeta, y no sólo la diversidad biológica”.

Sus grandes batallas siguen una misma estrategia: transformar la investigación científica en política pública.

Los logros son muchos: “UNESCO reconoció el Pinacate (Reserva del Pinacate y el Gran Desierto de Altar) como Patrimonio de la Humanidad… ese fue uno de los lugares donde he dejado jirones de mi vida en una época donde no había nada, era tierra de nadie; las áreas protegidas en Baja California, las ballenas que allí llegan todos los años, la conservación de Cabo Pulmo (Reserva marítima cuyo modelo es reconocido mundialmente), las Islas Revillagigedo (reserva de la biosfera)… sí hemos hecho muchas cosas”.

Para Ezcurra —quien este año recibió el premio 2020 de diplomacia de la ciencia por parte de la American Association for the Advancement of Science (AAAS)— el planeta está haciendo el llamado de emergencia.

“Existe una preocupación creciente por el estado global del planeta, por eso que llamamos la biosfera, y nuestra capacidad como seres humanos por manejarlo sustentablemente. Muchas de las cosas que han ocurrido en los últimos meses, y en los últimos dos años, han sido un llamado de atención extremadamente importante. Te podría dar muchísimos ejemplos, pero empecemos sólo con los incendios forestales en California el año pasado, en Australia este año”.

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Desorden de Déficit de Naturaleza

¿Se puede ser optimista con respecto al futuro del planeta o estamos ante una catástrofe ambiental definitiva?

“Ambas cosas, si tú estás en un barco y te das cuenta que hace agua y se está hundiendo y que estás muy lejos de tierra firme y no tienes un plan B, no tienes un salvavidas, un bote de salvamento, ni nada. Primero, más vale que te enteres lo antes posible de que tienes un problema; pero segundo, éticamente, o filosóficamente no tienes más alternativa que hacer algo para evitar que el problema continúe, que es parchar el agujero en el casco, y hacer algo para evitar que el barco se hunda, porque si se hunde ya sabes que todos los tripulantes del barco están muertos. No nos queda de otra que comprometernos con el planeta y salvarlo, porque no hay un plan B, no hay otra Tierra, no hay otro planeta”.

¿Cómo generar la conciencia en los jóvenes para que no se hunda el barco?

“Yo le entro por el lado de aprender a observar. Uno de los grandes déficit que hemos desarrollado en el siglo XXI es el divorcio que tienen los niños y los jóvenes con la naturaleza. Así como hay un Déficit de Atención, también hay un Desorden de Déficit de Naturaleza“.

Ezcurra cuenta que todos los años lleva a un grupo de 100 jóvenes al campo para que aprendan “a observar, a ver, a sentir cómo funciona el mundo vivo porque, realmente, la única manera como lo aprendes es sintiendo”.

“La falla de San Andrés en una parte es una línea abrupta. Un cacho es lo que era antes la costa de México, y otro cacho es la antigua costa de California y (ambos extremos) son de orígenes totalmente distintos. El granito de México es del Cretácico, de hace 150 millones de años; la parte de la costa de California es roca sedimentaria del Pleistoceno, tiene de 2 millones a 5 millones de años. Les pido a los estudiantes que se paren sobre la Falla de San Andrés, y pongan un pie en un lado, y otro en el otro lado. Entonces les digo que entre un pie y el otro hay 150 millones de años como una idea para darnos cuenta de la dimensión del tiempo, y lo que ha transcurrido para que la vida tenga la riqueza que tiene.

Lo que yo espero que aprendan, no se los digo porque trato de no ser panfletario, es que una vez que entiendes —así, con el corazón— la dimensión profunda de la evolución de la vida… lo que sigue es un compromiso con la Tierra“.

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