Por Enrique Tamés / Decano regional de la Escuela de Humanidades y Educación.

Le pido que haga un pequeño ejercicio: imagínese el 31 de diciembre de 1999 adivinando el futuro. Lo que en realidad sucedió: la aparición de artilugios que transformaron nuestro día a día, las nuevas maneras de interactuar, los cambios en la movilidad, la aparición de nuevos negocios y maneras de producir riqueza, los cambios de paradigmas políticos, etcétera. La lista es larga y si compartimos un momento de sinceridad, ni en nuestros sueños más extraños pudimos haberle atinado (y si sí, no se por qué no ha ido a comprar un boleto de lotería).

Uno de los principales signos de este fenómeno acelerado de cambios es que las sociedades y los individuos han polarizado su lectura de nuestra época. Porque uno se puede enfocar en todo lo que está mal y me vienen a la mente textos de los filósofos Slavoj Zizek y Byung-Chul Han. O uno puede destacar los inmensos logros y avances que como sociedad hemos tenido (Steven Pinker) o al menos tener una óptica más positiva de lo que nos acontece (André Comte-Sponville).

Independientemente de nuestra construcción de la realidad, hay condiciones que tenemos que priorizar para sobrevivir este momento fascinante de la historia: a) aceptar la otredad como condición de la existencia humana, y estar abiertos al sentimiento de extrañeza; b) entender que la incertidumbre es y seguirá siendo parte fundamental de nuestra rutina; c) visualizar que la huella tecnológica no tenderá a desaparecer, al contrario; d) incorporar la práctica del “aquí y el ahora” como la manera legítima de regular nuestra condición humana, y e) entender que tenemos la obligación moral de alejarnos del polo, del extremo, del que sea en el que estemos, para posibilitar el diálogo.

En una película considerada como de “culto”, la directora Kathryn Bigelow despliega este diálogo que podría ser de cualquier cinta y de cualquier realidad:

Lenny: ¿Alguna vez estuviste enamorado de una persona que no te correspondió tu amor?
Mace: Sí, me ha pasado.

Lenny: Y este hecho no hizo que tu amor disminuyera, ¿cierto?
Mace: Así es.

Porque a pesar de tantos cambios acelerados, hay permanencia en lo esencial. Nuestra necesidad de acompañamiento, el sentido de pertenencia, la satisfacción de las necesidades más básicas que al mismo tiempo son las más sublimes: pensar, reír, llorar, procurar al prójimo, dar lugar al gozo…

Estemos enamorados de la época que vivimos, aunque no seamos correspondidos. Así nos toca.

*Esta columna forma parte de la edición 27 de Tec Review de los meses enero-febrero de 2020.

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