Los investigadores entrando a la cueva en Zacatecas. (Foto: Devlin A. Gandy/Handout via REUTERS )

En Concepción del Oro, Zacatecas, se encontró la muestra de que los humanos ya habitaban en América desde hace 30,000 años.

La investigación está a cargo Ciprian Ardelan, de la Universidad Autónoma de Zacatecas y fue publicada en la revista Nature.

De acuerdo con la información, esto es evidencia de la ocupación humana alrededor del último máximo glacial. En el municipio mexicano se halló una cueva, conocida como Cueva del Chiquihuite, la cual ha sido estudiada a la par de fragmentos de hueso animal, restos de plantas y el ADN ambiental.

Según los resultados de los análisis de laboratorio, fue ocupada por personas hace aproximadamente entre 30,000 y 13,000 años.

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Nuevas pruebas

Los nuevos descubrimientos aportan pruebas contundentes a la postura de que el poblamiento de América del Norte fue más antiguo de lo que se suponía hace apenas dos décadas. Además, se suma a otros descubrimientos relevantes en las tierras Altas de Chiapas y cuevas inundadas de la costa caribeña, correspondientes al final de la época del Pleistoceno y al Holoceno Temprano.

El descubrimiento proporciona evidencias confiables de la antigüedad de la presencia humana en la región noroeste de México. Además, las evidencias materiales indican la diversidad cultural de los primeros grupos que se dispersaron por el continente.

Los científicos describen, en la publicación de Nature, rigurosos métodos de estudio en laboratorios de Dinamarca, Oxford y México. Los exámenes fueron aplicados a muestras microscópicas de hueso, carbón y sedimentos. Se conservaron polen y fitolitos, así como elementos químicos propios de la acción humana. También, se obtuvieron datos genéticos, paleoambientales y químicos que documentan entornos cambiantes donde habitaron hombres y mujeres desde hace 30,000 a 13,000 años.

Asimismo, describen avances en el estudio de la lítica recuperada en la cueva, la cual suma alrededor de mil 900 artefactos de piedra. Explican que se trata de una tradición cultural de trabajo de piedra desconocida, que perduró durante los casi 18,000 años de ocupación del sitio.

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Recorrido a pie

El arqueólogo Ciprian Ardelean detalla que el hecho de tratarse de lítica desconocida no significa algo extraordinario, pues la talla de piedra en los grupos cazadores-recolectores del Pleistoceno es distinta. Los datos indican una diversidad cultural amplia de la gente que llegó a poblar Norteamérica.

La propuesta del investigador advierte que cada grupo seguía sus rutas. Enfrentaban el entorno con respuestas particulares y desarrollaba sus estilos propios.

Ardelean llegó a este sitio después de un año de recorrer a pie y de manera sistemática kilómetros de sierra, en la región de Concepción del Oro. Buscaba evidencias humanas antiguas, guiándose por la interpretación de la forma del terreno y con la orientación de lugareños. En 2010, alcanzó la Cueva del Chiquihuite, ubicada a 2,740 metros sobre el nivel medio del mar. Aproximadamente, 1,000 metros sobre el suelo del valle.

Los primeros vestigios los halló en 2012, a través de un pozo de sondeo que le indicó el potencial arqueológico. En 2016, comenzó la primera temporada de campo, derivada de un proyecto de investigación avalado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Desde las primeras capas, el experto halló artefactos de piedra de factura extraña que al principio le costó trabajo entender,

Volver a caminar sobre el Pleistoceno

La cueva es de paredes grisáceas. Tiene dos cámaras interconectadas, cada una de más de 50 metros de ancho, 15 metros de alto y un suelo inclinado repleto de estalagmitas. Estas puntas carbonatadas son las centinelas del pasado. “Debajo de los espeleotemas uno pisa el Pleistoceno”, dice Ciprian Ardelean.

Las herramientas más antiguas se alcanzaron a los tres metros de profundidad, pero en todas las capas se encontraron artefactos.

Al momento se tienen clasificados núcleos, lascas, cuchillas, restos de lascas modificadas o usadas, rascadores, puntas, azuelas y elementos puntiagudos formados por fractura de los bordes de la piedra caliza y láminas de calcita. Los resultados de análisis petrográficos sugieren que no pertenecen a la roca que conforma las paredes y el techo de la cueva. El 90 % de las herramientas son de piedra caliza recristalizada. La piedra es de colores verde y negruzco, con forma pequeños nódulos sueltos, erosionados de fuentes geológicas aún no identificadas.

La selectividad de material observada en la fabricación de herramientas refleja un conocimiento de los valores de la piedra disponible. Además de la toma consciente de decisiones.

La cueva como refugio

Al interior de la cueva, la temperatura se mantiene en 12 grados. No importa si afuera es invierno o primavera. El arqueólogo Ardelean supone que sirvió de refugio obligado durante el invierno, donde cazadores-recolectores se protegían de las bajas temperaturas registradas antes del Último Máximo Glacial.

El área de excavación se ubicó 50 metros hacia adentro de la entrada principal de la cueva. La entrada  quedó sellada a consecuencia de un derrumbe a finales del Pleistoceno. Los arqueólogos ingresaron por una entrada secundaria, haciendo maniobras de excavación de alto riesgo, siguiendo un desarrollo muy lento para evitar un deslave.

Las condiciones de la cueva, su temperatura regular y el hecho de quedar sellada por el derrumbe contribuyeron a que en su interior se conservara material orgánico en perfectas condiciones. Esto fue lo que hizo posible recuperar ADN ambiental. Y Ardelean lo define como: “moléculas de ADN disueltas en la tierra procedentes de polen, orina, cabellos, células muertas”. Explica que cualquier componente de un ser vivo queda disperso en el ambiente y cae al suelo, pegándose a las arcillas, las cuales se recuperan para ser analizadas.

A través de estudios de laboratorio se identificaron especies de plantas presentes en cada época. Los resultados describen una zona boscosa que el arqueólogo compara con paisajes canadienses: bosques, grandes lagos e inviernos crudos.

Murciélagos y osos

Asimismo, se identificaron fitolitos de una especie de palma. Algunos estaban quemados y pudieron corresponder a algún artefacto o alimento llevado ahí por personas. En todos los estratos se halló carbón vegetal. Posiblemente fue el resultado de una combinación de incendios forestales y de chimeneas de origen humano.

Entre la fauna se identificó ADN de murciélago presente en todas las capas. También se encontraron evidencias de roedores, marmotas, cabras, ovejas, y baja proporción de aves: gorrión y halcón. Se extrajeron fragmentos de hueso de microfauna, y en los estratos del periodo se recuperaron restos óseos que corresponden a géneros más grandes. Se hallaron rastros de oso negro, cóndor y nutria.

El paleontólogo Joaquín Arroyo explica que uno de los pocos huesos fechados fue un báculo de oso que se halló completo.

Arroyo llevó a cabo la identificación de los restos óseos y brindó apoyo institucional para la investigación. Este trabajo forma parte del Proyecto Arqueológico de los Cazadores del Pleistoceno del Altiplano Norte, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, financiado en parte por el Conacyt. Hasta el momento ha identificado más de 30 sitios de cazadores-recolectores dentro de la cuenca de Concepción del Oro.

 

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