Un voluntario recibe una vacuna en el hospital de Baragwanath en Sudáfrica contra la Covid-19. (Foto: Siphiwe Sibeko /REUTERS)

La creación de vacunas nuevas en México se encuentra estancada desde hace años, lo cual ha sido puesto en evidencia en la situación pandémica actual.

Producir una vacuna contra la Covid-19 implica una cantidad de dinero que no ha formado parte del presupuesto destinado a institutos nacionales de investigación.

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En México, instituciones como el Tecnológico de Monterrey y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han generado propuestas a nivel de prototipo, pero no se ha trascendido a pruebas clínicas más rigurosas, para comprobar la inocuidad y la eficiencia de la vacuna en seres humanos.

Nuestra nación dista mucho de Estados Unidos, Francia o Alemania, países que tienen décadas generando medicamentos de manera masiva, por lo cual suele considerarse normal esperar a que la vacuna se desarrolle en el extranjero para luego comprarla, en lugar de invertir en la infraestructura que otros países tienen para obtener una vacuna propia contra la Covid-19.

El tiempo que puede tomar para demostrar que la vacuna funciona solamente en animales es de menos de un año. Pero ya en pruebas de humanos, puede ser un poco más.

Para lograr esto, México está en franca desventaja respecto a las potencias mundiales. Sin embargo, de talento humano, aunque desperdiciado, no carecemos.

De acuerdo con Christian Alberto García Sepúlveda, responsable del Laboratorio de Genómica Viral y Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), México cuenta con investigadores de talla mundial, pero definitivamente tiene poco o nulo acceso a algunas tecnologías como plataformas de escalamiento masivo, laboratorios de nivel de bioseguridad 3 o biorreactores para la producción de vacunas.

Los países que tienen grandes laboratorios y plataformas para masificar las vacunas, nos llevan la ventaja de que ya tienen los sistemas bien establecidos. Mientras que nosotros generalmente tenemos laboratorios pequeños que carecen de la capacidad de suministrar de manera inmediata o a mediano plazo la cantidad de vacunas necesaria para tener una relevancia sanitaria o epidemiológica”, comenta García Sepúlveda, en entrevista para Tec Review.

Este bache científico del que México no ha podido salir es conocido como “el valle de la muerte”, descrito por Ángel Gabriel Alpuche Solís, coordinador del Laboratorio Nacional de Biotecnología Agrícola, Médica y Ambiental (LANBAMA), en entrevista.

“Producir una vacuna requiere miles de millones de dólares. No es algo que Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) vaya a financiar. Hay algo que se llama el valle de la muerte, que se refiere a cómo pasar de un desarrollo tecnológico del laboratorio al hospital; es una parte bastante complicada en México”.

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Una vez que se demuestra que una molécula o alguna proteína producida en plantas, algas o bacterias puede funcionar, viene esa hondonada difícil de superar.

“¿Cómo hacer que realmente se interese una empresa farmacéutica; cómo hacer que haya algún apoyo de una fundación o del gobierno para dar ese brinco?. Apoyo sí ha habido para ver que ciertos compuestos funcionan, pero falta la parte en que miles de millones de dólares tienen que invertirse”, expresa Alpuche Solís.

En este mismo sentido, Graciela Castro Escarpulli, investigadora de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), considera que falta una estrategia de apalancamiento gubernamental para la ciencia.

“No existe un plan de desarrollo efectivo por parte del gobierno federal para brindar todo el apoyo en la producción de vacunas; por ejemplo, sitios como los Laboratorios de Biológicos y Reactivos de México (Birmex) carecen de insumos e infraestructura para desarrollar nuevas vacunas”, explica la científica.

Luz al final del túnel

Quienes resienten más el statu quo de “el valle de la muerte” son los investigadores recién graduados, quienes también podrían ser la clave para salir del atolladero.

Así lo comenta Jesús Miguel Torres Flores, virólogo e investigador posdoctoral de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), quien también pone la lupa en la importancia de abrir nuevos espacios.

“La comunidad de virólogos en México es pequeña, y hay gente joven muy capaz para iniciar sus propios grupos de investigación; sin embargo, hace falta que se abran espacios para incorporarlos en las diferentes instituciones educativas e industriales del país. Es ahora cuando hay que abrir las puertas al talento joven en México, porque son ellos los que harán frente a futuras pandemias”.

Por otro lado, según María Isabel Salazar Sánchez, profesora e investigadora en el Laboratorio de Virología e Inmunovirología de la ENCB del IPN, la percepción de la ciencia no es buena en la población en general y esto es un asunto en el que también tiene parte de responsabilidad la comunidad científica del país.

No se han construido los puentes necesarios, ni se ha trabajado por una cultura masiva sobre ciencia; es un error atribuible también al gremio de científicos que se debe corregir”, expresa esta investigadora en entrevista para Tec Review.

Los líderes de un país, según Salazar Sánchez, deben estar dispuestos a identificar talento real e invertir con una visión filantrópica a mediano y largo plazo, además de solicitar resultados en tiempos razonables. Mientras que los científicos deben asumir el compromiso de ofrecer una aplicación de su estudio de ciencias duras (biología, química, física o matemática) que impacte positivamente a la sociedad que tan generosamente les permite dedicarse a lo que aman y les apasiona.

“Lo pondré de esta forma: la innovación sin ciencia dura carece de espíritu, la ciencia dura sin llegar en algún punto a alguna aplicación es desalmada”, concluye esta científica.

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