El concepto de este artista muestra a un astronauta en Marte, visto a través de la ventana de una nave espacial. La NASA está regresando a los astronautas a la Luna y probará la tecnología allí que será útil para enviar a los primeros astronautas al Planeta Rojo. (Foto: NASA / JPL-Caltec)

En la película The Martian, basada en la novela de ficción de Andy Weir, el astronauta Mark Watney, el primero en caminar en la superficie de Marte, queda varado en ese planeta.

Con comida para algunas semanas y frente a la posibilidad de que logren rescatarlo hasta dentro de cuatro años, Mark comienza a sembrar su propia comida en un planeta donde nada ha crecido antes.

El investigador Joaquín Ruiz, de la Universidad de Arizona, dice que la historia está basada en Biósfera 2, donde ahora él trabaja y que comenzó, precisamente, como “de ciencia ficción”.

Construido en la década de 1990, en el desierto de Tucson, Arizona, Biósfera 2 es un gran complejo de 162,000 metros cuadrados que nació como una forma de estudiar los ecosistemas y los niveles de contaminación que pueden soportar los diferentes ambientes y suelos, para lo cual recrearon las condiciones químicas de cada uno, por ejemplo, del océano, la selva, el desierto.

Los últimos estudios hechos en Biósfera 2 –llamada así, porque se considera que la Biósfera 1 es la Tierra- demuestran que, a diferencia de lo que se pensaba, las plantas tienen una capacidad limitada de absorción de dióxido de carbono (CO2).

No ha habido un experimento de este tamaño ni de esta magnitud en ninguna otra parte. Aumentamos en la selva las concentraciones de CO2 de 380 partes por millón (ppm) hasta 820 ppm y vimos los resultados”, explica el investigador.

Según los datos -que todavía no se publican de manera formal- en el ecosistema de la selva, donde se hizo el experimento, las plantas sólo pueden procesar hasta 600 ppm.

“El resultado muy importante es que las plantas podían tomar dióxido de carbono hasta 600 ppm en la atmósfera, después ya no podían tomar más, estaban neuróticas, no podían más. El argumento de que el CO2 puede ser tomado por plantas en formas infinitas no es correcto”, señala Joaquín Ruiz.

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Durante una charla virtual organizada por el Colegio Nacional titulada “Consecuencias de los cambios climatológicos en los suelos, océanos y selvas tropicales”, el experto en geociencia menciona que cuando se realizaron las primeras investigaciones de este compuesto se pensaba que las plantas tenían una capacidad ilimitada para absorberlo y procesarlo en oxígeno, pero esto no ocurre así.

El 12 de mayo de 2019, el observatorio del Mauna Loa, en Hawái, que pertenece al Instituto de Oceanografía Scripps, registró la concentración máxima en toda la historia de la Tierra: 415 ppm, mucho más que en cualquier punto de los pasados 800,000 años.

De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), dado que el Homo sapiens apareció hace unos 300,000 años, y el primer rastro de Homo sapiens sapiens  data de hace 196,000 años, se puede decir que ningún individuo de nuestra especie había experimentado niveles tan altos de CO2.

“Esto es una gran preocupación con respecto a nuestro clima y demuestra, una vez más, que se necesitan medidas urgentes para reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero”, dijo Pascal Peduzzi, director de PNUMA/GRID-Ginebra y director de programa de la Sala de Situación del Medio Ambiente Mundial, en abril de este año.

Aumento de los niveles de concentración de CO2 (Foto: PNUMA)

La organización internacional alertó que los incendios forestales, que han aumentado en probabilidad y gravedad debido al cambio climático, continúan afectando áreas de Brasil, Honduras, Myanmar, Tailandia y Venezuela, y cada uno de esos fuegos emite grandes cantidades de CO2 adicionales.

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El Instituto B2

Biósfera 2 está compuesta de siete grandes estructuras que parecen enormes invernaderos, dentro de los cuales se recrearon las químicas de los océanos, selvas, desiertos y otros ecosistemas para poder experimentar en ambientes controlados sobre las condiciones mínimas de agua y oxígeno para que la humanidad pueda sobrevivir.

La primera misión entró a vivir al complejo en 1991 y aunque los efectos psicológicos hicieron más eco que los ambientales -porque fueron aislados por más de dos años- la Biósfera 2 sigue funcionando y experimentado sobre los grandes desafíos sociales relacionados con la gestión del agua, el medio ambiente y la energía mediante el diseño, a gran escala, de cada uno de estos ecosistemas modelo.

“Cuando fue construida, al principio, hubo ocho personas que entraron a vivir por dos años y medio. Una de las cosas que salieron es que la psicología es más importante que el experimento, porque después de un par de meses de estar metidos todos juntos hubo una guerra civil entre ellos. Y los dos grupos que se formaron hicieron que los experimentos fueran difícil de terminar”, cuenta el científico.

No se volvió a aislar a otra misión.

Mal camino

Joaquín Ruiz, cuya investigación se centra en la paleogeografía y los problemas ambientales y arqueológicos, asegura que cuando las actividades se reanuden en Estados Unidos, después del periodo de confinamiento, se anunciarán en una conferencia presencial los nuevos resultados sobre las condiciones máximas de CO2 que pueden procesar las plantas.

Cuestionado sobre cuál es el panorama para ecosistemas como la selva, dice que las políticas públicas no van por buen camino.

“Los problemas de la selva son dos: una, qué tan rápido podemos hacer cambios geológicos por humanos y las políticas públicas que se realizan. Las de Brasil son fatales para las selvas, en el momento que talas no solamente arruinas la selva donde pasa la carretera; una de las cosas que se conocen de cortar la selva a la mitad, es que hay luz donde no había antes. Los cambios son catastróficos en áreas donde no hiciste nada más que talar un pedacito. Los estudios demuestran que vamos por mal camino. Donde la gente que está sembrando no son árboles que se van a utilizar para la industria. No lo veo en una forma positiva para nada”.

La Rainforest Alliance, una organización dedicada al cuidado de estos ecosistemas, afirma, en un artículo publicado en su sitio web, que la única forma de combatir las pandemias y el cambio climático es cuidando las selvas.

Con una nueva ruta, tal vez, no tengamos la necesidad de explorar nuevas formas de tener alimentos, en lugares donde nunca ha crecido nada, como ocurre con “el marciano”.

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