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Debido al brote del nuevo coronavirus y la pandemia que provocó la enfermedad que genera, denominada COVID-19, la comunidad científica internacional se ha dado a la tarea de encontrar un tratamiento y de prevenir más contagios a través de una vacuna.

Ante la emergencia por contar con insumos para hacer frente a la pandemia, desde la primera semana de abril el gobierno mexicano pidió a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) apoyo para garantizar el acceso a insumos sanitarios, pruebas de diagnóstico y las vacunas, cuando las haya.

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó el 24 de abril, de forma virtual, una alianza para distribuir herramientas sanitarias a fin de combatir la propagación del COVID-19 que incluye la vacuna, métodos de diagnóstico y tratamientos. El organismo urgió a Francia y Alemania a acelerar la producción de tratamientos y vacunas.

En otros países como Reino Unido, científicos del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford trabajan desde el 20 de enero en el desarrollo de una vacuna para prevenir el COVID-19; sin embargo, todavía no ofrecen información oficial sobre el avance de las pruebas de la vacuna, aunque The New York Times asegura que a finales de mayo el instituto realizará pruebas en 6,000 personas.

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En México, los científicos se anticiparon a la llegada de la enfermedad y usando la información de la secuencia genética del virus, que el gobierno chino puso a disposición de la comunidad científica internacional desde enero, comenzaron a trabajar en su propia versión de una vacuna que ayude a combatir este brote epidémico.

Así, la vacuna recombinante ya está por probarse en animales en México. Laura Palomares Aguilera, investigadora del Instituto de Biotecnología de la UNAM, habla con Tec Review de este tipo de vacunas y el proceso de su producción.

Una vez que identificaron el genoma del COVID-19 en los mexicanos, ¿cómo ayuda esta información a la elaboración de una vacuna?

Más que aportar información que sea útil para elaborar una vacuna, en general estamos aprovechando una plataforma de vacuna que ya habíamos desarrollado antes que está basada en utilizar otros virus como andamio para mostrar lo que son los epítopos de las proteínas de la superficie del coronavirus. En particular trabajamos con vacunas recombinantes.

¿Qué son las vacunas recombinantes y qué papel juegan en el combate de esta pandemia?

La información para producir una proteína está en un gen, lo que hacemos es aprovechar las proteínas de los virus en general y sus características –ese es el trabajo de mi laboratorio- para generar tecnologías que puedan ser de utilidad para los humanos. Tomamos los genes, que son la secuencia de DNA, que en el coronavirus es una secuencia de RNA y las producimos en otro sistema diferente y eso es la tecnología del DNA recombinante.

La gran ventaja del producir vacunas recombinantes es que nunca necesitas utilizar o tener en tu laboratorio el virus original sino que es suficiente consultar la información que está en la literatura, en este caso particular, los científicos chinos desde enero publicaron la secuencia de este nuevo coronavirus. Utilizando la información que es la secuencia de los genes, puedes mandar a sintetizar esos fragmentos y expresarlos de manera recombinante. Esto tiene la gran ventaja de que nunca se usó el virus original, la vacuna que produces tampoco contiene nada del virus original. Son vacunas muy seguras.

¿Hemos usado antes este tipo de vacunas?

De hecho están en la vida diaria; por ejemplo, la vacuna de hepatitis B, que está aprobada desde los 80, es una vacuna recombinante de una proteína viral, igual que las que nosotros trabajamos. Lo padrísimo de las proteínas de los virus es que sí tú las produces de manera recombinante –sin  ninguna otra proteína del virus- estas proteínas se ensamblan en estructuras idénticas a las del virus original pero sin contener el material genético del virus, que es lo que causa la infección.

Otra vacuna similar es la del virus del papiloma humano, funciona de la misma manera que lo que estamos haciendo en el laboratorio: tomamos una de estas proteínas virales que se autoensamblan, y la decoramos con pedazos de la espícula o la proteína de la superficie del SARS-COV-2, que ocasiona el COVID-19.

El trabajo inició con identificar la estructura de la proteína con base en reportes de literatura y lo que sabemos del SARS-COV-1 (coronavirus que surgió en 2003), vemos qué ‘pedacitos’ podrían ser los más interesantes para poder utilizarlos en nuestra vacuna recombinante y una vez hecho eso, pegamos los pedazos a la proteína de otro virus totalmente distinto que le da esta estructura tridimensional que va a ser nuestra vacuna.

¿En qué etapa está este análisis, ya se está probando la vacuna en animales?

Estamos a punto de iniciar pruebas con animales. Tenemos la plataforma lista (vacuna recombinante), pero para producir una vacuna se debe saber modificarla, purificarla, caracterizarla y eso es lo que estamos haciendo. Aprendimos a hacerlo con la primera vacuna del zika y dengue, ya tenemos todo el proceso de producción, el proceso de purificación y lo implementamos para el SARS-COV-2. Estamos iniciando las pruebas en animales para SARS-COV-2 pero con zika y dengue ya lo hicimos con muy buenos resultados.

El largo trabajo en el desarrollo de vacunas

La doctora Palomares, quien estudió ingeniería bioquímica en el Tec de Monterrey, maestría y doctorado en la UNAM, ha dedicado su vida profesional al desarrollo de vacunas como investigadora y ha sido responsable de colaborar con entidades públicas y empresas farmacéuticas para el registro de vacunas en México. Desde su área, trabaja con otros investigadores para que la producción de vacunas contra el COVID-19 tenga beneficio en el país lo más pronto posible.

La pandemia de 2009 le dejó grandes lecciones que hoy tiene presentes para continuar con la labor de la producción de la vacuna. “Es indispensable que en México tengamos las capacidades para responder a estas pandemias de manera oportuna, porque obviamente los países que desarrollan las vacunas no están pensando en dárselas a México; primero satisfacen sus requerimientos y después, si les sobran, ya nos venden a nosotros”, destaca Palomares.

¿México está a la par de otros países en el desarrollo de vacunas?

Trabajo con vacunas desde hace muchos años. Cuando ocurrió la pandemia de 2009 estuvimos trabajando con esta tecnología y avanzamos bastante pero cuando terminamos ya a nadie le interesaba la influenza (H1N1) porque ya había pasado la pandemia. Finalmente, sí acabamos involucrados con la vacuna que llegó al mercado.

Esperemos que cuando venga la siguiente pandemia, que no lo dudemos va a venir, ya esté mucho más desarrollada nuestra tecnología para poder tener una vacuna mucho más rápido. Lo que han hecho otros países, que ahorita están en pruebas clínicas, también están basados en plataformas y por eso pudieron llegar tan rápido a probarse en humanos, como la vacuna de ‘RNA mensajero’, es de una empresa estadounidense, y otra vacuna basada en un vector viral.

Nosotros no nos fuimos por ese camino porque hasta el momento no existe ninguna vacuna con esa tecnología en el mercado, pienso que va a ser difícil que las aprueben, mientras que la vacuna que estamos proponiendo solamente tiene proteína. Creemos que va a ser mucho más fácil poderla probar en humanos, en eso andamos, ya tenemos un plan para llegar al humano pero obviamente nos va a tomar algo de tiempo.

¿Cuánto tiempo se necesita para que la vacuna reciba aprobación de pruebas en humanos y luego salga al mercado?

Para probar una vacuna en humanos serían 18 meses. Más o menos van a ser dos años y medio en lo que llegamos (al público).

En México hay varios grupos que trabajan en el desarrollo de vacunas, somos un país de contraste para muchas cosas y también sucede en el campo científico. El problema es que hay un ‘divorcio’ entre la academia y la industria, entonces llevar los productos al mercado se vuelve muy difícil. Eso lo hemos resuelto de distintas maneras con el tiempo, pero pensamos que este es un camino que se tiene que pavimentar para que la investigación básica en México puede llegar a beneficiar al paciente. Pese a que tenemos las capacidades científicas para hacerlo, nos falta ese camino.

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