DENIS CHARLET / AFP

(AFP) – Aceite de coco, bicarbonato de sodio y unas gotas de aceites esenciales son los materiales para fabricar un desodorante artesanal. Se trata de una receta ‘rápida y supersencilla’, describe entusiasmada Magdalène Deleporte. Como ella, 500 familias de Roubaix, en el norte de Francia, se sumaron al reto del ‘cero residuos’.

El programa, lanzado en 2014 en reacción a la insalubridad pública en esta ciudad de 100,000 habitantes, acompaña a las familias sobre la base del voluntariado a través de talleres gratuitos, con el objetivo de reducir en un 50% la producción anual de basura en los hogares.

“Solo toma cinco minutos. Se funde al baño maría y se deja que solidifique”, explica a la AFP Magdalène, enfermera de 38 años que se lanzó en 2016 a esta iniciativa inédita en Francia, propuesta por la alcaldía de la localidad para animar a las familias a reducir sus desperdicios no reciclables.

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Magdalène fabrica sus propios productos de uso diario, ya sea el detergente, el champú, el dentífrico, los yogures o incluso las esponjas “Tawashi”, trenzadas con tela usada.

En su cocina, los frascos de vidrio remplazaron los paquetes industriales. “Supone lavar más utensilios pero al menos sé lo que hay en mis productos”, argumenta.

El detonante fue ver “el tamaño de la basura” y pensar en el futuro de sus dos hijas, que participan con ella en la fabricación de los productos.

“Cuando en las grandes superficies no se ve más que plástico y embalajes de más, te hace pensar que hay un verdadero problema”, señala. Actualmente, compra a granel y asegura que redujo el desperdicio alimentario.

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Magdalène inició estas prácticas por una “cuestión ecológica”, pero después se dio cuenta de que también hay un “impacto económico”.

“Ahorramos entre 100 y 150 euros al mes, que no está mal”, destaca esta mujer deseosa de compartir su experiencia, pero “sin forzar a [su] entorno”.

“No tengo la sensación de hacer cosas extraordinarias, solo reproduzco lo que se hacía hace 50 años”, añadió.

DENIS CHARLET / AFP

“Idea preconcebida” 

Roubaix, que fue la primera ciudad de Francia en proponer un plan de este tipo a sus vecinos, recibe actualmente a delegaciones para compartir su experiencia.

“Tuvimos la convicción de estar al límite de un modelo. O lo tratábamos de forma administrativa o hablábamos de ello a los ciudadanos” de forma “lúdica”, explica a la AFP Guillaume Delbar, alcalde de Roubaix, la ciudad más pobre de Francia, según el Insee, el instituto nacional de estadísticas.

Cinco años después, el balance es “ampliamente positivo”. “Casi llegamos a una reducción del 50% en los residuos de las familias implicadas”, celebra Delbar.

Y eso con “un verdadero efecto en el poder adquisitivo, pues algunas familias economizaron hasta 250 euros (270 dólares) mensuales; es decir, 3,000 euros (3,300) al año”, agrega el alcalde, quien considera que la ecología es ahora “una preocupación para todos”.

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Antes de sumarse al reto, hace ocho meses, Abigayil Schnunt, profesora de escuela, lo veía “desde fuera”. “Creía que era demasiado complicado”, recuerda.

A quienes critican que estas prácticas toman demasiado tiempo, Abigayil les responde que “es una idea preconcebida”.

“No lleva necesariamente más tiempo, solo es una rutina diferente”, matiza esta madre de tres niños que ha “cambiado los hábitos”, pasando del supermercado de descuentos a los comercios locales, con sus frascos y bolsas de tela.

“El precio por kilo suele ser más caro, pero como comemos mejor, consumimos mejor. Despilfarro menos y reflexiono más antes de comprar”, insiste, considerando que “el esfuerzo merece la pena”. “Creo que nunca volveré atrás”, subrayó.

El programa, que busca poner en práctica una economía circular, se amplió a una cincuentena de comercios y a las cantinas escolares. Actualmente, “el objetivo es cambiar de velocidad”, pasando de “la experimentación a la generalización”, desea Delbar.

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