Típico. Voy saliendo del trabajo y ya es tarde para mi siguiente compromiso. Puedo ahorrar 10 minutos si tomo un atajo, pero hacerlo implica meterme en sentido contrario al flujo vehicular. Son sólo 30 metros y no vienen autos. ¿Qué hago? ¿Qué harías tú?

Diario nos enfrentamos a decisiones de este tipo. ¿Hago lo correcto o lo cómodo? ¿Cumplo con la ley o con mis compromisos y necesidades? Hace más de 50 años, el ya fallecido premio Nobel de Economía Gary Becker se enfrentaba a una decisión similar. Como consecuencia, escribió el artículo “Crimen y castigo”, el primer estudio económico sobre las decisiones que llevan a la delincuencia y cómo los incentivos –como el castigo– pueden o no prevenirla.

En resumen, argumenta que el tamaño del castigo por sí solo no previene los actos ilícitos: importa mucho la probabilidad de que se llegue a aplicar el castigo. Si el beneficio esperado (por ejemplo, el tiempo ahorrado) es mayor que el castigo previsto (la multa que se aplicará multiplicada por la probabilidad de ésta), entonces la lógica lleva al ilícito.

En el camino veo autos estacionados de ambos lados de la calle. La pintura amarilla y las señales de no estacionarse no tienen efecto. El resultado: calles de dos o tres carriles son reducidas a uno y el tráfico fluye más lentamente. Se estacionan hasta en las esquinas, lo que no sólo dificulta la maniobra de dar vuelta, sino también obstruye la visibilidad. De hecho, casi me choca un auto a exceso de velocidad que claramente yo no veía venir.

Parte del problema es que la probabilidad de que se aplique un castigo es casi cero. Una muestra de ello son los franeleros, quienes se las arreglan con los policías de tránsito para que los dejen operar. Un estudio sociológico que realizaron el profesor Víctor Zúñiga, del Tecnológico de Monterrey, y varios colaboradores, encontró que un franelero pagaba 6,000 pesos mensuales a los policías de tránsito y se quedaba con 26,000 pesos de ganancia. ¿Qué tal? El “no pasa nada” persiste y el beneficio esperado de estacionarse en zonas prohibidas siempre es mayor que el castigo esperado.

Vivimos en una cultura de supervivencia, donde algunos de nosotros nos justificamos con el refrán “Hago lo que puedo”. Pero cuando la impunidad llega al 99%, todo se puede. Así como algunos pagan por exceder la velocidad o manejar tomados, otros lo hacen por robar, extorsionar, violar y matar. El estado de derecho se deteriora y cada persona hace lo que le da la gana, sin tomar en cuenta las consecuencias para los demás ni para la sociedad.

Un estudio sociológico de Wayne Sandholtz y Rein Taagepera, publicado en 2005 en el International Review of Sociology, identificó que las sociedades con más altos niveles de mentalidad de supervivencia –como los países del antiguo régimen soviético– suelen justificar más el uso de prácticas corruptas que, por cierto, están más arraigadas.

Según los datos de la Encuesta Mundial de Valores, México mejoró en la escala de supervivencia entre 2000 y 2014; sin embargo, se volvió más tradicional en el mismo periodo. Sandholtz y Taagepera relacionan también la sociedad tradicional con mayores niveles de corrupción.

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau escribió en su obra Desobediencia civil: “Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas?”. Cuando la ley es injusta, hay que buscar su mejora. Por ejemplo, si el límite de velocidad fue establecido cuando había semáforos y cruces peatonales, pero ahora es una vía rápida con puentes peatonales, se requiere una modificación. La creación del Sistema Nacional Anticorrupción fue el producto de un esfuerzo coordinado de la sociedad, clamando por una solución al problema de la corrupción.

Desafortunadamente algunas personas juzgan como injustas leyes que son para ellas incómodas. ¿Tengo derecho de manejar a 120 km/hora porque tengo prisa? ¿La pobreza justifica robar? Si es así, ¿cómo se decide quién puede robar y quién pagará las mercancías o pertenencias robadas? Si nadie lo decide, entonces todos somos pobres y la ley que prohíbe el robo no sirve de nada. En consecuencia, predomina el caos.

Las leyes existen para poner orden a la sociedad y el estado de derecho nos hace más seguros. En pocas palabras: nos conviene que todos sigan la ley.

Algunos lectores se preguntarán: finalmente, ¿qué decisión eligió? Les cuento que tomé el camino largo: no quiero contribuir al caos.

*Profesora-investigadora de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey, economista y fundadora de la conferencia Academia contra la Corrupción en las Américas. Obtuvo el Premio a la Investigación e Innovación Rómulo Garza 2017 en la categoría Libros.

Esta columna forma parte de la edición Especial de Tec Review de los meses mayo-junio 2020. Lee más columnas de opinión en Voces y consulta gratis la revista Tec Review aquí.

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