Especial

¡A la una, a las dos y a las tres… vendida!”.

Todos estaban contentos y satisfechos. La subasta había concluido con el clásico martillazo. Era el 5 de octubre de 2018. Aquella noche la casa Sotheby’s en Londres había puesto en venta una copia de Niña con globo, de Banksy, uno de los artistas vivos más reverenciados y misteriosos del planeta.

Tras una puja que se presumía interminable, una anónima coleccionista se la había adjudicado –por teléfono– por 1.4 millones de dólares. Hasta que un extraño y sorpresivo ruido enmudeció a los presentes. De la nada, el lienzo –que se encontraba colgado sobre una pared– comenzó a autodestruirse. Ante los ojos de los representantes de un mundo elitista, despreciado por el misterioso artista callejero inglés, una trituradora escondida en el marco –activada por control remoto– avergonzaba a toda una institución: comenzaba a fagocitar en vivo y en directo al botín, una pintura de aerosol y acrílico que muestra a una niña tratando de alcanzar un globo con forma de corazón, que apareció en una pared en Great Eastern Street, en Londres, en 2006, y que 10 años después era votada como la obra de arte favorita de Inglaterra.

“El impulso de destruir es también un impulso creativo”, escribió Banksy en Instagram horas después, en alusión a una frase del pintor Pablo Picasso. En aquel posteo, el grafitero británico cuya identidad es desconocida exponía el momento en que planeó el performance. “En caso de que alguna vez vaya a ser subastada”, se leía.

 

Ver esta publicación en Instagram

 

. “The urge to destroy is also a creative urge” – Picasso

Una publicación compartida por Banksy (@banksy) el

El horror y la vergüenza ante lo que parecía ser una tragedia se olvidaron pronto. Pasado el shock, los engranajes de la máquina capitalista funcionaron de nuevo: “Banksy no destruyó una obra de arte en la subasta. Creó una”, expresó Alex Branczik, jefe de arte contemporáneo de Sotheby’s en Europa. Se trataba, según el directivo, de “la primera obra de arte en la historia que se creó en vivo durante una subasta”.

Semidestruida, la pieza que fue rebautizatada Love is in the Bin (El amor está en la papelera) inmediatamente aumentó su valor gracias a la intervención y el espectáculo: la rebeldía también está a la venta. Los expertos especularon que, tras la destrucción, el valor podría duplicarse.

No tardaron de aflorar las dudas. ¿Y si se trataba de una operación de marketing, una pantomima en la que los trabajadores de la casa de subastas incluso eran cómplices? “Por supuesto, es un truco publicitario”, dijo la empresaria inglesa Deborah Meaden al periódico The Telegraph.

El especialista en relaciones públicas Andrew Bloch señala que Sotheby’s tenía el deber de inspeccionar la obra antes de la subasta. “No hay forma de que este mecanismo no haya sido descubierto”, indica. “Además, ¿cómo se encendió la trituradora? La casa tenía la pieza hacía 12 años. Si se hubiera conectado a la red eléctrica no podría haber pasado desapercibido y las baterías no habrían durado tanto”.

Performance artístico o un engaño, el incidente expuso un fenómeno actual: cómo artistas contemporáneos buscan atraer los reflectores mundiales y vender sus obras en millones de dólares mediante las más curiosas estrategias de marketing.

Banksy, Damian Hirst, Jeff Koons, Marina Abramovic, Takashi Murakami, Anish Kapoor, Ai Weiwei y demás artistas contemporáneos se han rodeado de una profesional maquinaria de relaciones públicas: se han convertido en marcas, cuya imagen es tan importante como para el resto de las multinacionales en un mercado hiperestimulado en el que la máxima disputa es por la atención. Forman parte de una generación de mercadólogos del arte.

Lee el reportaje completo aquí, en nuestra revista digital gratuita.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Ingrese su nombre