En las noticias y reportajes de ciencia solemos encontrar historias terminadas. Resultados prístinos, un camino claro entre la pregunta de una investigadora y los datos que obtuvo, o una conclusión irrefutable de algún científico infalible. Pero, esto está cambiando, y se les presta cada vez más atención a los procesos de la ciencia, a mostrar sus errores, sus luchas y sus autocuestionamientos. Se busca narrar una ciencia humana.

Esto gana aún más importancia cuando el objeto de estudio somos nosotros y nuestro pasado, ya que, al parecer, una manera de no repetir la historia es modificar la manera en la que la estudiamos. Hace apenas nueve años Svante Pääbo cambió para siempre nuestra historia al lograr secuenciar y analizar ADN de restos de neandertales y comprobar que nuestros ancestros se aparearon con ellos y que casi todos los humanos tenemos algo de ADN neandertal en nosotros.

De nueve años para acá la tecnología ha avanzado y, aunque dista de ser sencillo, el análisis de muestras antiguas –no sólo de ADN sino también de proteínas y otro tipo de moléculas– se ha expandido a muchos laboratorios. Pero eso no implica que haya llegado a todo el mundo. O no de la misma manera para todos.

Los restos humanos se han vuelto cada vez más cotizados, y eso genera la pregunta ¿a quién le pertenecen? ¿A los museos? ¿A los gobiernos? ¿O a las sociedades descendientes de los lugares y culturas de donde fueron tomados? Cuando alguien le hace una de estas preguntas al investigador Keolu Fox –quien es un nativo hawaiiano–, suele citar uno de los proverbios de su cultura: “Mai kaula’i wale i ka iwi o na kūpuna”, que se traduce como “no discutas libremente a tus ancestros con extraños, pues es como exponer sus huesos para que todos los vean”.

Y el punto es ese, que la ciencia no sea una extraña. Que la ciencia no venga a tomar los huesos de las distintas culturas y llevárselos para estudiar. Sino que la ciencia se haga una conocida, una amiga. Cada vez más, el estudio de nuestros ancestros se está llevando a cabo por sus mismos descendientes, se discute con ellos, se llega a decisiones conjuntas, se decide –en grupo– qué se va a hacer con los restos, cómo se van a estudiar, qué se va a hacer con la información.

La manera en la que estudiamos a los humanos nos está enseñando mucho sobre cómo ser mejores humanos. A dejar atrás la imposición y el colonialismo, y reconocer y celebrar la diversidad respetando los derechos y las culturas de todas y todos.

Una ciencia humana empieza por sus prácticas, sus preguntas, y por discutir sus problemáticas

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