comuna donde se hace la ciencia
Tramo de colisionador del CERN. (Foto: iStock)

La línea de mando se difumina en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en francés), donde los mejores científicos experimentales del planeta toman decisiones según el modelo de una comuna.

Ahí se encuentra el gran colisionador de hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), con el cual se han encontrado nuevas partículas subatómicas. El ejemplo célebre es el descubrimiento del bosón de Higgs (popularmente conocido como la partícula de Dios) que está asociado con la propiedad de masa del resto de las partículas que constituyen los átomos y las moléculas del universo.

“El LHC también es un gran experimento humano, que reúne a un número sin precedentes de científicos. Así que en los últimos años, sociólogos, antropólogos, historiadores y filósofos han estado visitando el CERN para ver cómo estos físicos densamente empaquetados chocan, rebotan y, a veces, explotan”, escribe Zeeya Merali, en The Large Human Collider, artículo publicado en la revista Nature.

Una colonia de grandes ideas

Al respecto, Jorge Amin Seman Harutinian, investigador del Instituto de Física, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en entrevista para Tec Review comenta que el LHC es la colaboración científica más grande en toda la historia. Cuenta con 10,000 participantes, de los cuales alrededor de 3,000 son empleados contratados y los otros 7,000 son visitantes que están en distintas universidades, pero pasan algunos meses trabajando en ese lugar.

“El CERN está justo entre Francia y Suiza y no es una coincidencia que esté en una frontera. El lugar se fundó en los 50, después de la Segunda Guerra Mundial, y la idea fue crear un entorno en que se pudiera reunir a gente inicialmente de toda Europa (después se internacionalizó completamente), donde se pudiera trabajar de manera independiente a la política o a lo que estuviera ocurriendo en el mundo”, dice este científico.

Es precisamente este ambiente suprapolítico el que ha permitido que el estilo de trabajo en este sitio fronterizo sea atípico, diferente al observado en las fábricas.

“El CERN no es la única organización que reúne miles de personas; por ejemplo, en la planta de Volkswagen que está en Puebla también trabajan miles de personas. Ahí hay líneas de mando muy claras: están los directores que están hasta arriba de todo el personal de la planta, y ellos toman las decisiones y los demás obedecen”, explica Seman Harutinian.

Abajo de los directores está el equipo directivo auxiliar y después siguen los ingenieros que coordinan las líneas de ensamblaje. Estos últimos a su vez tienen como subordinados a especialistas, quienes meten mano en las máquinas. Finalmente, en el último nivel del escalafón, están los obreros que ensamblan los automóviles.

“En esta estructura toca obedecer al que está arriba y listo”, precisa Seman.

En la ciencia, no hay democracia

Este modelo industrial tan jerárquico no es aplicable al CERN, porque las decisiones que se tienen que tomar ahí son muy distintas a las de una empresa, donde todo está perfectamente definido.

“En una industria se sabe cómo las líneas de ensamblaje funcionan. En cambio, en el CERN se trata de hacer experimentos que nunca nadie había realizado, en los cuales la gente se encuentra con incógnitas todo el tiempo. Un ser humano no tiene el conocimiento suficiente para tomar decisiones técnicas a una escala tan grande”, platica este académico de la UNAM.

Ahora, en el CERN tampoco se toman decisiones al estilo de la democracia, porque la verdad simplemente es y no se llega a ella a través de depositar boletas en una urna, sino mediante pruebas universalmente válidas.

“En la ciencia la democracia no existe, en el sentido de que si hay una duda respecto a un experimento, no se puede someter a votación. Si 999 científicos piensan una cosa y otro piensa lo contrario, y luego se hace un experimento y se encuentra que lo que ese uno pensaba era realidad, entonces la opinión de los otros 999 científicos no importa”, aclara Seman.

Si en el CERN no hay línea jerárquica ni tampoco democracia, ¿qué hay? La estructura social que se parece más a lo que sea que ocurre ahí es la comuna.

“Como la comuna de los hippies que viven en un espacio común y comparten todo, y la individualidad se pierde un poco. Esto ocurre en el CERN, donde los científicos que participan abandonan sus casas, no permanentemente, seis u ocho meses, para trabajar ahí, sin poder regresar a sus países de origen”.

Seman cuenta que en este centro de investigación hay casas construidas especialmente para la gente que trabaja ahí, también hay restaurantes, bancos y todos los servicios necesarios para que no se tenga ni siquiera que salir a Ginebra, la ciudad que está al lado.

Ahí el concepto clave es el del sacrificio de la independencia personal en aras del bien común o de que los experimentos funcionen bien. En este sentido, ¿cómo se toman las decisiones en el CERN? Porque en algún momento se tiene que optar por medir un haz de partículas, comprar una bobina o conectar un enchufe, por ejemplo. ¿Cómo finalmente se concretan las tareas?

“En esta estructura, hay grupos de diferentes universidades. Algunos tienen que renunciar a sus ideas originales porque se eligieron otras, pero no hay rechazo, sino todos son copartícipes de la decisión de manera que nadie se siente desmotivado para seguir trabajando y no se pierde el compromiso con el bien mayor. Jefes que toman decisiones autoritarias no existen en el CERN, porque es justo una comuna”, asevera Seman.

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La publicación de las investigaciones

Normalmente, en los artículos científicos el último de los autores que aparece es el director del experimento. Los primeros tres autores suelen ser estudiantes o personas que dieron contribuciones muy importantes y luego están los de en medio, y no es que sean menos importantes, pero hay un orden muy claro.

Si se tienen a 3,000 personas de altísimo nivel científico colaborando en un mismo experimento, es imposible establecer una jerarquía. Por esto, los autores de los artículos del CERN están organizados alfabéticamente.

“Si el apellido del director del proyecto comienza con M, aparece en medio. Un artículo del CERN tiene unas cuatro páginas de ciencia y 20 páginas de autores, porque son 3,000 personas las que participan”, afirma Seman.

En laboratorios universitarios, como en el de Materia Ultrafía que coordina Jorge en el Instituto de Física, no hay más de 10 personas que hacen experimentos y dan a conocer sus resultados. El proceso es tardado, porque el artículo primero tiene que ser sometido a revisión por los editores de una revista especializada, lo cual puede derivar en un proceso de correcciones de alrededor de seis meses antes de que finalmente el trabajo sea publicado.

¿Qué pasa cuando los autores de un artículo son los más grandes especialistas del mundo? ¿Quién les va a poner un pero? Cualquier escrito pasa por un estricto proceso de revisión dentro del CERN. Finalmente hay una versión que a un comité interno le gusta y cualquier revista lo publica rápidamente.

“Los artículos normalmente indican cuándo se recibieron, cuándo se aceptaron y cuándo se publicaron. Tardan unos seis meses en cumplir con este proceso, pero uno del CERN tarda solamente unos cuatro días, porque la gente que tiene la mejor capacidad de revisarlo, está dentro de la colaboración”.

De este modo trabajan los físicos experimentales más talentosos del mundo, alejados de estructuras autoritarias que pudieran entorpecer el flujo natural de su curiosidad por descubrir de qué está hecha la materia.

“Es la misma curiosidad que las personas tienen cuando son niños y tocan y meten los dedos en los enchufes. Ciertamente, esa curiosidad no se muere nunca”, concluye Jorge Seman.