emprendimiento social
Beneficiar a la sociedad con productos y servicios pesa más que solo el dinero en el emprendimiento social. (Foto: iStock)

Dar el pescado, enseñar a pescar y revolucionar la industria de la pesca son tres fases en la historia del emprendimiento social.

“Existe un amplio acuerdo en que los emprendedores sociales y sus emprendimientos están impulsados ​​por objetivos sociales. Es decir, por el deseo de beneficiar a la sociedad de alguna forma o formas”, se lee en Social Entrepreneurship: A Critical Review of the Concept, artículo publicado en The Journal of World Business por Ana María Peredo, investigadora de la Facultad de Negocios de la Universidad de Victoria, de Canadá.

Dicho de otra manera, el emprendedor social tiene como objetivo aumentar el valor social. Es decir, contribuir al bienestar de una determinada comunidad humana.

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Dar el pescado

De este modo, asociaciones civiles que, por ejemplo, donan alimentos a personas marginadas son expresión de la primera fase del desarrollo del emprendimiento social, en que el enfoque al 100 % es “dar el pescado”.

Estas organizaciones normalmente se basan en un sistema de voluntariado, en el que los participantes regalan su tiempo y talento para cumplir con objetivos altruistas.

Ningún tipo de ganancia se obtiene en estas tareas más que la de cumplir con el precepto de ayudar al prójimo.

Enseñar a pescar

Sin embargo, cuando el el fin es “enseñar a pescar”, la estructura del emprendimiento social se torna más compleja. Un ejemplo de esto es Pro México Indígena, fundación con más de 20 años de antigüedad enfocada en brindar autosustentabilidad a comunidades mazahuas, otomíes, tseltales, mayas, mazatecas, chinantecas, purépechas y me’phaas de siete estados del país.

Lucía Gómez Arriola, directora general de esta fundación, dice en entrevista para Tec Review que para ella el emprendimiento social es poner en el centro un bien común más que un bien individual.

“Este mundo tan acelerado en el que vivimos nos invita a ser egoístas, pero el emprendimiento social es justamente lo opuesto, pues se trata de generar empatía y resiliencia hacia las problemáticas ajenas y entonces poder decir: ‘si el problema es de otro, también es mío’”, comenta.

Entre los proyectos estrella de esta fundación está Maz B´itu (cuyo significado en mazahua es tela), el cual consiste en vender en línea collares para perros y orejeras para caballos, entre otros productos bordados por mujeres mazahuas del Estado de México.

El dinero obtenido es para estas artesanas y también para continuar con los proyectos altruistas de asesoría a comunidades marginadas de México.

“Somos un puente en la comercialización. Queremos potenciar el talento de los pueblos indígenas y enaltecer sus artesanías”, dice Gómez Arriola.

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Revolucionar la industria de la pesca

Emprendimiento social y lucro no son ajenos como agua y aceite; incluso pueden ser las dos caras de una misma moneda.

En su fase más desarrollada, el emprendimiento social va más allá de “dar el pescado” o “enseñar a pescar” y se convierte en un medio para “revolucionar la industria de la pesca” a través de un plan comercial que no funge como objetivo único ni prioritario.

“Este tipo de emprendimiento es lo mejor de las organizaciones que buscan resolver un problema, pero que utiliza un modelo de negocio, como un medio y no como un fin, para hacer sustentable el proyecto”, expresa en entrevista para Tec Review, Jairo Ruiz Nava, director nacional de Emprendimiento Social innovador (ESi), del Instituto de Emprendimiento Eugenio Garza Lagüera, del Tecnológico de Monterrey.

Ruiz Nava aclara que es muy difícil que empresas sociales algún día puedan ser competencia de grandes compañías comerciales como Amazon o Google. No obstante, las ganancias de aquéllas no son insignificantes.

“Hay empresas sociales en México que ganan 10 millones de pesos anuales, nada despreciable, porque hay empresas comerciales que ni a un millón de pesos de ganancias anuales llegan”, platica.

De acuerdo con el director nacional de ESi, empresas sociales mexicanas son capaces de no solamente ofrecer productos o servicios en pro de la sociedad, sino también de pagar a sus empleados sueldos competitivos de mercado.

Un ejemplo de esto es Iluméxico, empresa que proporciona energía eléctrica a través de paneles solares a pueblos aislados que antes solo tenían carbón o leña como fuentes de energía en el hogar.

También está Pixza, una pizzería que regala rebanadas del producto a personas que viven en situación de calle por cada pizza que los clientes compran.

Otro caso es Isla Urbana, compañía que proporciona agua potable a comunidades marginadas del país a través de sistemas caseros de recolección y purificación de lluvia.

Así es posible cerrar el ciclo virtuoso entre negocio y filantropía tal como Bill Drayton, creador de Ashoka, la asociación de emprendedores sociales más grande del mundo, lo aseveraba a finales de la década de los 80:

“Los emprendedores sociales no se conforman con dar el pescado o enseñar a pescar. Ellos no descansarán hasta revolucionar la industria de la pesca”.