obsesión por el triunfo
La presión que generan los padres sobre los hijos puede afectar su desarrollo emocional. (Foto: iStock)

La infancia no es necesariamente destino, pero el contexto se puede configurar para que así sea, inhibiendo de por vida la libertad de decisión.

Normas demasiado estrictas y proyecciones de los adultos que, a como dé lugar, suelen ser impuestas pueden causar daños severos tanto en el ámbito escolar como deportivo de los niños.

Al respecto, dos especialistas ofrecen en entrevista para Tec Review valiosos consejos sobre cómo evitar que los pequeños trunquen su desarrollo por alcanzar metas rígidas que ni siquiera surgieron de ellos mismos, sino que fueron impuestas desde afuera.

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La fijación por el triunfo comienza en los padres

Para Tomás Alfonso Bautista Castro, psicólogo del Departamento de Asesoría y Consejería del Tecnológico de Monterrey, campus Monterrey, primero es preciso definir cuál es esa ambición tras la cual se corre desesperadamente, y ver cuándo ya comienza a perjudicar.

“El triunfo no es una palabra negativa en sí misma, pero si se está rígidamente tratando de lograr algo y si los padres lo inculcan en esas mentes (las de los niños), entonces esto puede generar frustraciones”, comenta este experto.

Esta inclinación puede opacar otras necesidades de los niños. Es ahí donde hay que discernir cuál es el éxito buscado en la vida de los pequeños. De acuerdo con Bautista Castro, el dilema estriba entre lograr las metas normales de desarrollo o alcanzar las ambiciones de agentes externos como los papás.

“Hay escuelas que prometen que a los niños los van a volver bilingües y hasta que van a aprender chino, pero puede ser que lo más importante sea simplemente que los pequeños primero aprendan a relacionarse con su medio social, a controlar impulsos y a saberse llevar bien con niños y niñas”, platica este psicólogo del Tec.

Entonces, estas pequeñas voluntades que, a lo mejor, todavía no tienen bien claro ni el idioma español, se angustian porque son presionadas a cumplir con un montón de cosas.

“La ambición no viene del niño, sino de los adultos que le rodean, ya sean los papás o los maestros. Esta ambición por determinado triunfo hace daño cuando sólo eso se tiene en mente”, advierte.

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Niños presionados en extremo

Bautista cuenta que le tocó atender el caso de un niño a quien su mamá lo tenía en muchas actividades extraescolares. Se hacía pipí por las noches, aunque ya tenía 10 años de edad. Entonces ella decidió reducir la cantidad de actividades al hijo, quien, en consecuencia, comenzó a mejorar su ciclo de regulación de la orina.

“Ella cayó en la conclusión de que el problema se debía a que el niño estaba estresado por tantas tareas asignadas y tantos logros que debía tener durante el día. Ella prefirió conformarse solo con lo necesario para su hijo: ir a la escuela y hacer algunas veces deporte”, explica Bautista.

Los padres, según este psicólogo, deben aprender a responder a la etapa maduracional de sus hijos y evaluar sobre todo las necesidades reales como descanso, recreación, afecto y aprendizaje, pero sin tanta competencia.

“Suele pensarse que los infantes solo se están preparando para la adultez, pero la realidad es que se están realizando como niños. No se trata de no poner reglas ni metas, sino de también reconocer que los pequeños tienen una identidad actual que no tiene que ver necesariamente con grandes éxitos en la ciencia, el arte o el deporte”, asevera Bautista.

Los niños sometidos a mucha presión presentan sintomatología de episodios agudos de estrés; entonces, según Bautista, se manifiestan problemas gastrointestinales, reactividad emocional, aislamiento, dolores de cabeza o conductas rebeldes.

“De algún modo esa presión busca salir. La metáfora es la olla exprés. Si se le tapa la válvula y sigue hirviendo, finalmente el vapor va a salir de alguna manera”.

“Por otro lado, los adultos que no resolvieron los problemas en la niñez de obsesión por el triunfo, tienen una seguridad poco sólida, porque siempre están inconformes y anhelando logros; pueden tener dificultades para establecer relaciones interpersonales; puede suceder también que no toleren el fracaso de los demás”, dice Bautista.

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La infancia no es una condena

Este profesional en salud mental pone entre comillas la famosa frase “infancia es destino”, acuñada por Santiago Ramírez Sandoval, psicólogo mexicano nacido en 1921 y fallecido en 1989, porque aunque hay muchos aspectos que se definen en esa etapa temprana de la vida, ningún pasado es una condena.

“Por más que el inconsciente juegue en contra y se tengan ideas repetitivas, siempre persiste el libre albedrío y la necesidad de adaptación al medio presente, incluso cuando es discordante respecto al pasado vivido. Hay quienes son felices y exitosos después de un pasado tormentoso. O al revés, se sabe de muchas personas que tuvieron una vida fácil en la infancia y terminan con dificultades más adelante”, explica.

El triunfo no es negativo; es la ausencia de capacidad de adaptación en las distintas etapas de la vida lo que puede complicar la existencia, de acuerdo con Bautista.

En este sentido, él comenta que le gusta mucho una frase proveniente de las personas del Caribe, con la cual dejan en claro que conviene no hacer caso de las situaciones que rebasan las capacidades propias.

“Ellos tienen una manera muy fácil y bonita de dejar cosas atrás. Ellos dicen: ‘ya déjate de esa vaina’. Hay que saber cuándo soltar esa vaina que molesta y aceptar que esta renuncia es para poder sanar o incluso para tener otros triunfos anímicos, psicológicos, interpersonales y maduracionales en la vida”, concluye.

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En la cancha de juego

César Belmonte Ríos, psicólogo deportivo de Pumas CU (Ciudad Universitaria), equipo de futbol americano de liga mayor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), platica que mucha de la mala información respecto a la competición en los niños viene de la gente grande.

“Los adultos a veces han tenido una carrera truncada en el deporte, que no lograron conseguir los resultados que esperaban y, entonces, ven en los niños la oportunidad de cumplir esos deseos. Otras veces anhelan que los niños continúen con un legado en el deporte. Dado que los padres fueron buenos deportistas, quieren que sus hijos compitan en el mismo nivel que ellos lo hicieron”, explica Belmonte Ríos.

Él también aclara que los niños deben ser entrenados por personas que estén bien preparadas, que sepan reconocer y respetar ciertos periodos de maduración física y cognitiva de los infantes.

Cuando los pequeños no encuentran la motivación suficiente o incluso el resultado que los adultos pueden estar esperando de ellos, tienden a abandonar el deporte, por la influencia externa ejercida.

“Un niño de 10 años, por ejemplo, quiere socializar y estar con los compañeros, pero cuando ya hay una presión de un resultado específico entonces es cuando el pequeño empieza a sufrir algún tipo de ansiedad que a su vez se puede convertir en estrés, dando como resultado el abandono de la actividad deportiva”, dice este psicólogo de Pumas CU.

Otro caso es el de los niños de cinco años que juegan futbol soccer. Ellos solo persiguen el balón, los 22 jugadores hacen solo eso: ir detrás de la pelota. Según Belmonte, esto tiene que ver con la etapa de desarrollo, pues los pequeños a esa edad no tienen la impronta de conceptos como número o estrategia.

“Entonces es a partir de los 13 años, ya con una madurez cognitiva adecuada, que los niños pueden manejar de una mejor manera la competencia, teniendo en cuenta que la etapa previa estuvo adecuadamente trabajada”, señala este psicólogo de la UNAM.

Belmonte dice que la mejor recomendación a los padres es simplemente que dejen jugar a los niños, sin pretensiones artificiales.

“El deporte finalmente es aprendizaje y es un complemento en la formación de los niños. En este sentido, hay que dejar ser a los niños. Los padres deben permitirles que se equivoquen, para que el aprendizaje en el deporte se pueda dar de una mejor manera”, concluye.

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