Un país dividido y muchas dudas sobre la elección. (Foto: iStock)

Entrego estas líneas ocho días después de la elección estadounidense y a 70 de la toma de posesión presidencial. El entreacto en el que nos encontramos no permite aún ser concluyentes. El mejor pronóstico para este tiempo turbio sigue siendo el de Yogi Berra: esto no se acaba hasta que se acaba.

La apuesta de litigio del presidente Trump y sus seguidores es por ese resquicio en la legislación y en las legislaturas de algunos estados –con los recursos extremos del Congreso y la Suprema Corte–, en donde intentan exigir el recuento y la anulación de votos con el argumento de un fraude inaudito.

Bajo la óptica de sus opositores, están buscando salvar imagen, perpetuar su fuerza política, apalancarse para negociar inmunidad en caso de requerirla y recaudar fondos para finiquitar deudas electorales.

En ausencia de la concesión del candidato que pierde, no hay una instancia oficial que designe ganador en el arcaico y anquilosado sistema electoral de Estados Unidos. Vienen cuatro momentos cruciales: el 8 de diciembre es la fecha límite para elegir en cada estado a los miembros del Colegio Electoral, el 14 se reúnen y emiten su voto, el 6 de enero se certifica el veredicto –si lo hay– en el Congreso en sesión conjunta y el día 20 es la toma de posesión presidencial.

Por más que uno quiera ver un vaso medio lleno, un país urgido de rumbo y mandato terminó con claroscuros y con señales mixtas.

Pero lo más relevante es lo que subyace al resultado electoral. No se trata tan solo de una coyuntura de opiniones encontradas, de visiones divergentes sobre el papel del gobierno, de definiciones contrastantes de problemas y prioridades o de un desacuerdo en torno a la pertinencia de políticas públicas.

Como Fareed Zakaria, Anne Applebaum y otros analistas subrayan, detrás de los votos se asoman dos naciones que parecen incompatibles y divididas. Estamos ante un cisma profundo de certezas contrapuestas –atizado por las angustias, resentimientos e incertidumbres de la pandemia–, de enorme riesgo si no se atiende bien.

Hoy celebramos en Estados Unidos el aniversario 400 del “Mayflower Compact”. Celebrar es un decir; los medios están ocupados en la estridencia del momento y han hecho caso omiso.

A la llegada del navío Mayflower a las costas de Plymouth en 1620, un grupo firmó lo que representa el primer antecedente de pacto ciudadano en las colonias británicas, el detonador de lo que ha sido la experiencia cívica estadounidense: un ejercicio singular para conciliar un fiero espíritu individualista con elementos ejemplares de convivencia y de vigor de la vida comunitaria.

La enorme duda que mantiene en vilo a los estadounidenses es si ese equilibrio puede hoy subsistir y reafirmarse, en medio de abismos de credos y principios. En el mejor de los casos, será una labor titánica de búsqueda de consensos y cohesión, de labrar un nuevo centro político. Será una de las tareas vitales para el mundo occidental en este siglo.

*Raúl Rodríguez Barocio, Vicepresidente Asociado de Internacionalización, Tecnológico de Monterrey.