Por: Raúl Rodríguez Barocio*

Los sistemas políticos y económicos de la posguerra parecen desbordados. Son tiempos de ruptura, donde el ideal democrático se siente en franco desuso y el centro político —eje de la cohesión social— resulta elusivo. Tiempos descoyuntados, diría Hamlet. Tiempos de Donald Trump, como síntoma y catalizador.

Entrego estas líneas un mes antes de la elección presidencial de 2020. El desempeño del presidente ha sido emblemático de los dilemas políticos de Occidente. Ha ido en contra de un largo precedente de sobriedad en el ejercicio del cargo. Su desmesura constante desfigura la presidencia ante propios y extraños.

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Como afirma el diplomático Richard Haass, Trump heredó sistemas imperfectos, pero con más de 75 años de buen saldo. Ha optado por dislocar estructuras y programas del estado de bienestar. Ha logrado consolidar una mayoría conservadora en el sistema judicial. Ha reconfigurado la política exterior y fracturado alianzas internacionales con consecuencias imprevisibles en la capacidad global para abordar retos multilaterales en seguridad, derechos humanos, migración, cambio climático y crisis de salud.

El avance en la economía ha ido de la mano de una política fiscal regresiva. Propicia una sociedad con mayores brechas de ingreso y menor movilidad. La movilidad social ha sido el elemento central en la historia del sueño americano, el gran articulador de la asimilación y el progreso. Como me dice Darren Walker, presidente de la Fundación Ford, quien busque hoy ese sueño puede encontrarlo en Canadá. Por tendencias que se profundizan con Trump, 90 % de los estadounidenses nacidos en 1945 han logrado ingresos mayores a los de sus padres; para los nacidos en 1985, la proporción es menor: 50 %.

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El miedo y la conspiración abundan en el discurso político en los tiempos fecundos de QAnon. En palabras de la filósofa Martha Nussbaum, es muy fácil convertir la impotencia en rechazo del “otro”. El propio presidente ha tocado con particular eficacia la fibra del resentimiento del electorado blanco de bajo nivel educativo, con la idea de que el resurgimiento estadounidense requiere de caudillos desbocados, sin miramientos.

La demografía —con cariz de tsunami cultural— alimenta las angustias de ese electorado. En 2011, los nacimientos de blancos no hispanos dejaron de ser mayoría por primera vez en la historia. En Texas, por ejemplo, se prefigura el futuro de la nación: en 2019 hubo 5.5 veces más crecimiento en la población hispana que en la blanca no hispana. El Estado tendrá una mayoría relativa hispana en 2022, como la tiene California desde 2014.

Segmentos amplios de la población se polarizan; perciben dos países completamente diferentes. En una encuesta del Pew Research Institute, publicada en septiembre con relación a aspectos centrales de la vida política, la mayor dispersión se dio en torno a esta afirmación: “Todos tenemos la misma oportunidad para triunfar hoy”. El 76 % de los republicanos estuvieron de acuerdo, contra 28 de los demócratas. Esa brecha se ha ampliado 11 % en dos años. El desacuerdo en lo esencial se presenta en un ambiente caldeado. En los tres meses posteriores a la muerte de George Floyd se dieron 10,600 manifestaciones de protesta en 2,400 comunidades.

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Los desafíos potenciados por la pandemia son enormes, incluyendo los rezagos y contradicciones que se vienen arrastrando: discriminación, desigualdad y violencia. Pero como destaca el ex canciller mexicano Jorge Castañeda en su libro Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia, la más “seductora” entre las muchas virtudes de Estados Unidos parece ser su capacidad de reinventarse.

Pese a todo y frente a las desavenencias europeas y a la opción del modelo chino —inaceptable para todo aquel que valore la libertad y la democracia—, la gran apuesta de Occidente parece obligada a ser por la reforma y pervivencia del experimento estadounidense.

Se vive uno de los momentos cíclicos de convulsión moral en la historia de Estados Unidos, una crisis profunda de cohesión y de confianza. David Brooks, Fareed Zakaria y Marilynne Robinson, entre otros, se preguntan si esta es una transición, un momento pivote o un declive más grave. Sólo sabemos que —como diría el escritor Paul Valéry— el futuro no será el mismo de antes. ¿Se encontrará uno propicio, después de estos tiempos aciagos?

*Vicepresidente asociado de Internacionalización en el Tecnológico de Monterrey.

Esta columna forma parte de la edición noviembre-diciembre 2020 de Tec Review. Lee más columnas de opinión en Voces y consulta gratis la revista aquí.