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Norma Meza, líder del grupo indígena kumai, recolecta hierbas medicinales cerca de una sección de la valla fronteriza entre Estados Unidos y México en tierras indígenas, al este de Tecate, estado de Baja California. (Foto: Guillermo Arias / AFP)

Norma y Guadalupe recogen moronel –una planta medicinal– enfrente del muro que separa a México de Estados Unidos. Des ahí, ven cómo la barrera impulsada por Donald Trump no para de crecer, “profanando” su territorio indígena.

Seis meses atrás, la valla que cruza por un terreno polvoriento y de vegetación agreste a las afueras de Tecate, México, no medía más de tres metros de altura, recuerda Norma Meza, dirigente kumiai de 56 años. Hoy alcanza diez metros.

El cerco promovido por Trump, quien busca la reelección el 3 de noviembre, echó sal a las heridas de los pueblos aborígenes de la frontera, separados a la fuerza y que históricamente han visto ultrajada su cultura.

“Para mí este muro no significa nada, pero sí nos divide”, afirma Meza, cuyo pueblo, originario de la vecina California, está allí desde hace 12,000 años.

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Separaciones

El gobierno de Trump ordenó reforzar el vallado con gruesos tubos de acero enterrados a gran profundidad. La separación de la etnia también se ahondó.

“Quedaron muchos kumiais de aquel lado (estadounidense), pero somos lo mismo, éramos una nación”, dice Meza sobre su pueblo, que en México suma unos 1,200 integrantes y es uno de los 16 de la región limítrofe.

El muro, que Estados Unidos está construyendo sobre los 3,145 kilómetros de frontera, fue una de sus principales promesas de campaña de Trump en 2016 y de las más celebradas en los vecinos estados de California, Arizona, Nuevo México y Texas.

Creen que los librará del narcotráfico y la migración indocumentada. Desde su primera campaña, Trump afirmó que México envía “traficantes de drogas, criminales y violadores” a Estados Unidos, avivando la urgencia de levantarlo.

En medio de la hoguera política quedaron los pobladores originarios de esas tierras, cuya flora y fauna les provee alimento y medicina. Además, es el fundamento de su cosmovisión.

Las excavaciones para agrandar la barrera en Tecate profanaron un antiguo camposanto kumiai ubicado del lado estadounidense, donde viven más de 3.,00 de estos indígenas.

“Nosotros tenemos esa visión de que cuando se entierra ya no se vuelve a sacar a los de la tierra”, explica Meza.

A ello se sumó la construcción de un gasoducto. Salieron huesos que llevaban años sepultados en terreno sagrado, donde se utilizó dinamita para la remoción, relata.

Meza movilizó a los kumiai mexicanos que entre junio y julio protestaron con rituales en el límite establecido -según consta en un mojón- por tres tratados del siglo XIX.

Tras haber cruzado libremente la frontera por siglos, desde los años 1990 los nativos se han visto obligados a portar documentos y autorizaciones. Además, desde marzo el tránsito terrestre no esencial está restringido por la pandemia.

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Un delito

Meza se aproxima al vallado bajo un sol intenso, mientras del lado estadounidense enormes camiones y camionetas levantan una polvareda. Transportan escombros y obreros del gasoducto.

También patrullan agentes fronterizos y de la Guardia Nacional estadounidense que, armados con fusiles, se acercan al ver movimiento del lado mexicano.

“¡Vinimos a ver el trabajo que hicieron, que está muy bonito!”, dice con sarcasmo Guadalupe Espinoza, indígena kiliwa y pa ipai de 67 años, a un agente que entiende español, mientras señala los barrotes.

De potente voz, esta otra lideresa le envió un mensaje a Trump con el oficial: “Que se diera cuenta que lo que está haciendo con el territorio sagrado de los kumiai es un delito”.

Tras ese encuentro, Espinoza y Meza caminan entre los arbustos en busca de moronel (variante de la Lonicera subspicata), a la que atribuyen propiedades anticancerígenas y que sus pueblos han usado por siglos.

Con un buen ramo en la mano, Espinoza agradece a la tierra cantando y agitando una sonaja.

Mientras junta ramas, su rostro aparece enmarcado por una larga trenza y un flequillo entrecano. Las arrugas parecen talladas sobre la piel caoba.

“Así como pedí bendición para entrar y a las plantas para cortar, también tengo que despedirme de ellas”, añade sobre el canto.

No cortó todo el moronel que pudo. “Por más bonita que esté, si la planta no quiere nomás no tienes que cortarla”, advierte, revelando un secreto de su ancestral convivencia con la naturaleza.

El 12 de octubre, Día de la Raza, una veintena de kumiais reunidos en el cruce fronterizo encendieron sahumerios, cantaron y danzaron exigiendo respeto.

Señalando al muro, el líder comunitario Gilberto González reafirma: “Esto fue impuesto, nosotros ya estábamos, nuestras familias convivían. Aquí estamos los indígenas y vamos a seguir”. (Jean Luis Arce / AFP)

 

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