Museo Geología
(Foto: Cortesía Museo Geología)

Luis Espinosa Arrubarrena dice que visitar un museo puede cambiarte la vida. Fue una experiencia personal que le pasó a él, ahora jefe del Museo de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y quien también descubriera al primer dinosaurio mexicano. Su abuela materna lo llevó al Museo de Historia Natural, en Chapultepec, en la Ciudad de México. Entonces, lo tuvo claro: quería dedicarse a las ciencias de la Tierra.

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Cuando estaba listo para elegir carrera, le dio una oportunidad a la química durante un semestre. Sin embargo, se cambió a la Facultad de Ciencias de la UNAM. Ahí estudió biología y conectó con su pasión por la paleontología.

“La paleontología tiene dos caras: una es la biología evolutiva. Con ella podemos aprender cómo han evolucionado los seres vivos. Desde las etapas donde había mamuts o dinosaurios hasta hoy. Otra cara de la paleontología son las ciencias de la Tierra”, dice Espinosa.

Los procesos evolutivos capturaron su atención desde pequeño, en esas visitas que daba con su abuela por los museos. Entre el Museo de Historia Natural y el Museo del Chopo, conoció algunos esqueletos que dinosaurios y mamuts que lo inspiraron a seguir haciéndose preguntas.

El camino de la paleontología

Al mismo tiempo que terminaba su tesis, Luis Espinosa comenzó a trabajar en el Instituto de Geología. En agosto, cumplirá 44 años trabajando de forma ininterrumpida para este instituto. Su carrera comenzó catalogando patrimonio paleontológico.

“Estaba muy chavo, pero estaba dentro de mi carrera y tenía acceso a los fósiles. Me fascinaban. Un día tuve la oportunidad de empezar a trabajar con un investigador que vino de Estados Unidos a estudiar tiburones”, cuenta sobre los 20 años que pasó recabando información de estos especímenes por los litorales mexicanos.

Debido a su curiosidad y luego de terminar la carrera, Luis Espinosa decidió estudiar un posgrado. Las oportunidades se abrieron tanto en la UNAM como en la Universidad Estatal de California, Long Beach.

“Me costó mucho trabajo lograr la beca en Estados Unidos porque te ponen muchos candados. Siempre me costó trabajo entender por qué es tan difícil que alguien que se quiere superar lo logre. Alguien me dijo que si puedes salvar todas las dificultades que te ponen para la beca es un buen augurio de que sí vas a acabar”, recuerda el maestro en ciencias.

Fue precisamente en su paso por Estados Unidos donde además de estudiar su posgrado, comenzó a dar clases. También tuvo trabajos relacionados con su carrera que lo llevaron hasta Colorado. Cada vez más cerca de los dinosaurios.

Tras las huellas de dinosaurio

Durante su estancia en Estados Unidos, Luis Espinosa aprovechó cada oportunidad laboral. En San Pedro, California, ayudaba a identificar las especies de tiburones que encontraban los pescadores locales. Mientras que en los veranos, el paleontólogo iba a Colorado para guiar grupos de visitantes que buscaban restos de dinosaurios.

“Me contrataban para ir a Fruita Paleontological Area, en Colorado (…) donde se habían encontrado los dinosaurios más chiquitos que se conocían. Había un programa muy padre de voluntarios que ayudaban con las excavaciones. Era una especie de campamento de verano para personas mayores y yo iba como instructor y ayudarles a desenterrar a los dinosaurios”, recuerda Espinosa.

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Pero su intención no era permanecer en Estados Unidos. Cuando terminó su posgrado, volvió a México donde destacó por el descubrimiento de las primeras huellas de dinosaurio en el país y en América Central, además por la recuperación del primer dinosaurio recolectado en México.

Junto con un equipo de especialistas, descubrieron la zona paleontológica conocida como Cantera Tlayúa en Puebla. Durante un webinar sobre la megafauna de la cuenca de México, Espinosa llamó a esta zona “el nirvana”, por la abundancia de fósiles que ayudan a recrear como era esa área cuando llegaron los primeros pobladores.

“Cuando regresamos a México la situación se puso un poco difícil en el Instituto de Geología y no pude seguir con la investigación de tiburones. Empecé a trabajar más con dinosaurios hasta que encontramos una localidad, Tlayúa”, comenta Luis Espinosa.

El hadrasaurio

Durante ocho años, el paleontólogo trabajó en esta zona, considerada uno de los mejores depósitos de fósiles que hay en México. También recorrió el país en la búsqueda de depósitos fósiles. Aunque fue pionero en el descubrimiento de fósiles de dinosaurios en territorio nacional, el hallazgo lo hizo con al menos 11 personas. Algunos fueron colegas de la UNAM y otros provenientes de Saltillo, Coahuila, al norte de México.

Su trabajo lo llevó a explorar pistas: desde huellas hasta restos de fósiles. En 1988, Espinosa y su equipo encontraron la mayoría de los huesos del hadrasaurio. El hallazgo, cerca de Parras de la Fuente, Coahuila, es uno de los más importantes de su carrera.

El también llamado ‘pico de pato’ hoy se exhibe en el Museo de Geología. En vida, fue un ejemplar que solo consumía plantas y lo considera “la vaca de los dinosaurios”.

Pero el mérito de la exploración no lo lleva solo. El científico también resalta la labor de sus colegas en aquella búsqueda. Ahora, en al menos 10 estados hay registro de la presencia de dinosaurios de los periodos Jurásico y Cretácico.

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La exploración paleontológica significó “muchísimo trabajo, hay dedicarle mucho tiempo”, dice Espinosa. “Un día me ofrecieron la dirección del Museo de Geología y es donde estoy trabajando actualmente”.

Luis Espinosa, el cantante

Siempre abierto, curioso y polifacético, el paleontólogo señala que compartir el conocimiento con la gente joven lo motiva a seguir trabajando. Luego de más de 100 días de confinamiento y con el museo cerrado, Espinosa espera que pronto se regrese a la actividad, con las medidas sanitarias que indique el gobierno.

Sus ansías por salir también se deben a su ímpetu musical. Tiene un grupo de música en el que tocan covers. Nada más acertado para el paleontólogo que nombrar a la banda Jurassic Band.

“En Jurassic Band soy el frontline, el mero mero cantante. He tocado también varios instrumentos: el teclado y la guitarra, pero siempre ha habido gente que hace las cosas mejor que yo. A lo que me dedico en Jurassic Band es a cantar”, cuenta sobre su faceta artística que califica de bohemia.

Pero a lo que más le tiene cariño es a su trabajo en el Museo de Geología. El amor por los recintos como éste surgió en su infancia. No lo abandona. Para él, las visitas a los museos con gente querida –amigos o familia– crea vínculos “imborrables”.

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