Desde White Zombie, una película estadounidense de 1932 con el inolvidable Bela Lugosi en el papel de hechicero vudú, los muertos vivientes del folklore haitiano no han dejado de acecharnos desde el celuloide, llegando a cobrar dimensiones de pandemia global.

Pero ¿qué hay detrás de estos seres forzados a regresar de ultratumba mediante ritos mágicos, despojados de su espíritu y esclavizados? ¿Pura fantasía? ¿O acaso tienen algún asidero material que la ciencia pueda explicar?

La primera fuente occidental que mentó el asunto fue el escritor Moreau de Saint-Méry. En 1797, el viajero francés recogió el término “zombi”, referido a la creencia de los esclavos haitianos en los aparecidos. Su etimología deriva de “nzambi”, palabra en lengua kongo que designa al alma, o, según otros, de “zumbi”, fetiche.

Más tarde, el concepto se desdobló en una acepción tradicional (un espíritu sin cuerpo) y otra nueva (un cuerpo sin alma), relativa al individuo sepultado en estado inconsciente y sacado de su tumba por un brujo que se torna su amo.

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El zombi saltó a la fama internacional en 1929, gracias a The Magic Island, el libro de viajes del escritor americano William Seabrook. Ya desde el título la obra envolvía al país en brumas esotéricas, para luego confundir el vudú con un tipo de magia negra, soslayando que es una auténtica religión emparentada con la santería cubana.

Sus alusiones a las plantaciones cultivadas por cadáveres vivientes, sacrificios, danzas nocturnas e incansables tambores rituales sedujeron a los estadounidenses. En este repentino interés por la cultura de la nación caribeña sin duda influyó su ocupación por los marines, que entre 1915 y 1934 le impusieron un régimen neocolonial.

La ‘zombificación’ no pasa el test químico

Tal afirmación resultó ser el Talón de Aquiles de su análisis. Los test hechos por otros expertos apenas detectaron tetrodotoxina en la pócima aportada por Davis. Otros negaron a esa sustancia tóxica el poder de crear individuos manipulables. “Cuesta imaginar que un hatajo de tipos paralizados y con náuseas sean trabajadores rurales muy eficaces”, ironizó el neurólogo Terence Hines.

Cundió la sospecha de que, como a veces sucede en la pesquisa etnográfica, los informantes brujos engañasen a Davis. Pese a que las críticas socavaron el sustento farmacológico de su teoría de la ‘zombificación’, el etnobotánico la continúa defendiendo a capa y espada.

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El debate tomó otro cariz en 1997, cuando la revista The Lancet publicó una investigación llevada a cabo por el antropólogo británico Roland Littlewood y el médico Chavannes Douyon. Tras estudiar con escáneres y otras pruebas a tres presuntos zombis, les diagnosticaron diversos trastornos mentales –uno de ellos padecía esquizofrenia catatónica–. Concluyeron que el misterio se explicaría por una mistificación colectiva de las enfermedades psiquiátricas; un fenómeno equivalente a la confusión entre psicosis y posesión demoníaca en la Europa del siglo XVI.

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En definitiva, ¿hubo alguna vez zombis? La respuesta sigue en el aire. Llama la atención que existan tan pocos casos documentados; tampoco se identificó ninguna plantación con jornaleros venidos de ultratumba. Más verosímil parece pensar en creencias fomentadas por las sociedades secretas con el fin de dominar por el terror el Haití profundo; una mitología que, explican algunos expertos, reelabora de modo distorsionado la tragedia de los africanos arrancados de su medio por los traficantes de esclavos, privados de su identidad y vendidos a los latifundistas blancos.

Así las cosas, la realidad del zombi parece limitarse a la cultura de masas, en donde ha experimentado grandes transformaciones. A diferencia del referente original –un pseudocadáver–, el del cine es un muerto auténtico; aquel es un pelele inofensivo mientras su correlato fílmico persigue a los vivos para devorarlos; y el haitiano es negro mientras el personaje de ficción es blanco.

CON INFORMACIÓN DE AGENCIA SINC

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