Foto: Gladys Serrano

Por: Carlos Gutiérrez Bracho*

Es el 11 de febrero de 2016. Hay nerviosismo en la National Science Foundation (NSF), en Washington, DC. Vestido de traje, tratando de contener la emoción, David Reitze dice la frase que el mundo ha esperado desde hace cien años: “Nosotros… hemos detectado… ondas gravitacionales. ¡Lo hicimos!” Lo acompañan Rainer Weiss y Kip Thorne, fundadores de LIGO; France Cordova, directora de NSF, y Gabriela González, portavoz de LIGO.

LIGO es el Interferómetro Láser Gravitatorio Observador de Ondas. Consiste en dos detectores: uno está en Washington y el otro, en Louisiana, Estados Unidos. Hay 3,000 kilómetros de distancia entre ellos. Si una señal se percibe en ambos al mismo tiempo, es muy posible que sea una onda gravitacional. Mientras Reitze –director ejecutivo de LIGO– habla, en Louisiana hay otro científico que contiene la respiración: es el mexicano Guillermo Valdés.

Nobel Prize

Este joven científico cuenta que ese día del anuncio fue muy emocionante. “Yo estaba en el observatorio Livingston, de Louisiana. Cuando Rainer Weiss informó que habíamos detectado ondas gravitacionales, te puedo asegurar que más de uno queríamos llorar y saltar y gritar. Es una experiencia que seguramente nunca se me va a olvidar y estoy seguro de que va a haber muchas otras experiencias padres”.

Ese equipo ganó el Premio Nobel de Física 2017. Guillermo llegó a colaborar con ellos “aprovechando oportunidades”. Todo empezó cuando trabajaba en Baja California Sur en instalación de redes –había estudiado Ingeniería en Electrónica y Comunicaciones en el Tecnológico de Monterrey– y lo invitaron a hacer una maestría en Física, en la Universidad de Texas. En ese lugar conoció a Mario Díaz, su asesor de maestría, quien lo introdujo en la investigación sobre las ondas gravitacionales.

Luego, decidió estudiar el doctorado en Física y comenzó a colaborar en el detector que se encuentra en Louisiana. Después se fue a hacer el posdoctorado con Gabriela González, quien “es una investigadora muy importante y divertida”, cuenta. Ahora trabaja de tiempo completo en la Universidad de Louisiana y en el detector que está en Livingston.  

—¿Por qué te interesó el tema de las ondas gravitacionales?
—Siempre me ha gustado investigar y aplicar tecnologías. Aquí es muy fácil que de repente se te olvide el objetivo más grande, que es la detección de ondas gravitacionales, porque hay tantas cosas que hacer. Hay que hacer mucha investigación, crear dispositivos nuevos, programas nuevos, estudiar mucho para analizar los datos, para simular las ondas… Hay que aplicar nuevas tecnologías, e inventar nuevas herramientas. Investigamos si hay algún ruido ambiental –que es ajeno a la onda gravitacional– que esté afectando nuestras mediciones; eso es divertido, porque pueden ser tormentas eléctricas o un perro pasando. Todo eso me atrajo, fue lo que más me envolvió a hacer mis propias herramientas, a inventar cosas nuevas, tratar de resolver problemas.

La primera detección ocurrió el 14 de septiembre de 2015, a las 5:51, hora de EU. Cuando apareció, los científicos tenían la duda de que fuera real. ¿Era un ruido?, se preguntaban. Parecía claro que se trataba de una onda gravitacional, pero podía haber sido un ruido común, como les había pasado muchas veces antes. Sin embargo, esa vez la historia de la Astrofísica tomaba un giro histórico: LIGO, el dispositivo de medición más preciso que ha inventado el hombre, registró una onda producida por la fusión de dos agujeros negros hace 1,300 millones de años.

Las ondas gravitacionales son distorsiones en el espacio y tiempo, como cuando se arroja una piedra en un estanque de agua y se generan ondulaciones. Se crean por eventos masivos, como el choque de dos agujeros negros o estrellas de neutrones.

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Cada vez que LIGO detecta algo, le llaman “candidato”, que debe pasar muchas pruebas estrictas. Primero, lo comparan con formas de ondas gravitacionales que tienen predeterminadas y, si se parece a uno de estos modelos, suena una alarma que indica que quizá es una onda gravitacional. Luego, los científicos se enfrentan a un trabajo excesivo durante meses, porque deben analizar cada dato. Si “se gradúa con honores”, expone Guillermo, se convierte en el anuncio de una onda gravitacional.

El Nobel fue concedido a Weiss, Thorne y a Barry Barish. El primero diseñó el método para detectar las ondas; el segundo aportó las matemáticas para analizar los datos y Barish fue el investigador principal de LIGO. Detrás de ellos hay muchas más personas involucradas. Guillermo trabaja con varios equipos. “En el observatorio no somos tantos, unos 50, pero hay más de 1,000 personas involucradas, más de 90 instituciones en el mundo. Es muy bonito convivir, aunque es complicado, porque casi todo lo hacemos a distancia”, cuenta. Desde septiembre de 2015, ya han detectado cuatro veces este tipo de ondas.

Recientemente se agregó a la investigación el detector Virgo de Italia. Gracias a eso detectaron con mayor precisión la fuente de la última onda gravitacional registrada: del choque de dos estrellas de neutrones y pudieron avisar a más de 70 observatorios ópticos

—¿Cómo se organizan estos equipos?
—Hay muchos equipos haciendo diferentes actividades. Hay quienes están simulando las ondas gravitacionales para saber qué vamos a ver. Hay equipos que hacen mejoras en el instrumento, en el observatorio. Si se encuentra un error, hay que cambiar la pieza o se inventa una pieza nueva. Otros hacemos análisis de datos, porque tenemos más de 10,000 sensores repartidos en los dos detectores; entonces, hay que analizar esos datos. Imagínate que estamos tratando de ver –o que logramos ver– un movimiento, un cambio de distancia mil veces más pequeño que un protón. Un protón es 100 millones de veces más pequeño que un cabello. Es algo que hasta parece increíble. Vamos, ni el mismo Einstein creía que alguien lo iba a poder detectar.

—¿Qué sigue para ti?
—Ahorita estoy contento trabajando aquí, pero si sale algo interesante, me voy a otra parte. Lo que sigue es trabajar duro para mejorar nuestro observatorio, incrementar la sensibilidad y saber qué tan lejos pueden estar estos eventos, dónde chocan los agujeros negros o las estrellas de neutrones, para que los podamos detectar.

El mouse óptico del Tec

En el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, Guillermo Valdés Sánchez estudió Ingeniería en Electrónica y Comunicaciones. “¡Qué buenos profesores!”, recuerda con emoción. “Hace como un año y medio me reencontré con uno de ellos, Alfonso Parra, porque justamente estamos tratando de colaborar con unos amigos de la Universidad de Guadalajara y del Tec”. El doctor Parra fue una de las primeras personas que le empezó a hablar de la investigación científica. Cuando estudiaba en el Tec, hizo una investigación con otros compañeros, Fernando Mar y Oscar Rodríguez; crearon un controlador de mouse que se movía con la vista. El cursor del mouse podía ser movido con la vista. “Eso fue antes del kinect”, subraya, y ellos lo hicieron con unos electrodos conectados en la cara.

“Hasta parece increíble. Vamos, ni el mismo Einstein creía que alguien lo iba a poder detectar”

*Nota del editor: Esta entrevista fue publicada en el número 15 de Tec Review de los meses enero-febrero 2018

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