¿A quién le importan las científicas?

En México hay investigadoras que han compartido premios como el Nobel o han ido al espacio. Aun así, tienen que lidiar los efectos de la discriminación.

Por Mónica Redondo

De niña, disfrutaba ver las estrellas del cielo de Guanajuato. Sabía que quería dedicarse a la ciencia. Hoy la doctora Tessy López Goerne es pionera en el estudio de la Nanotecnología en México. Ha desarrollado tratamientos contra cáncer, pie diabético y virus del papiloma humano.

Su papá, un científico dedicado a nuevos materiales, fue su inspiración. Pero él murió de un cáncer de pulmón de células pequeñas cuando Tessy López estaba a la mitad de su carrera. “Estoy hueca por dentro”, confesó alguna vez en un programa de televisión, porque a ella, a los 41 años, le detectaron neoplasia endocrina múltiple. “Vivo de pastillas que sustituyen la labor de los órganos que me han quitado”.

Cuando la doctora López tenía 38 años empezaban las investigaciones en Nanotecnología. Ella decidió dedicarse a esta disciplina, confiesa, “porque quería algo nuevo, que innovara en México, que ayudara a la sociedad y yo sentí que eso ayudaría en un futuro”. Hoy es profesora en la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México.

En 2016, The Council for Parity Democracy señaló a la doctora López como fuerte candidata para el Nobel de Química. No recibió el premio, aunque ella afirma que eso nunca fue su prioridad. Su compromiso es seguir adelante. Además, sin pretenderlo, es parte de un movimiento femenino por hacerse espacio internacional en la investigación científica. Apenas 5 % de los premios Nobel entregados desde 1901 ha sido para mujeres.

Tessy López también ha tenido que hacer frente no sólo a una cultura que favorece a los hombres, sino a los males de su propio cuerpo. Tuvo cáncer de hígado en 2009. Sufrió un derrame cerebral en 2010. El ictus la dejó paralítica y hemipléjica del lado derecho; desde entonces, ha convertido su casa en su laboratorio. Hasta ahí llega su equipo de investigadores. “Soy una mujer muy fuerte”, confiesa. “La universidad me apoya. Mi vida ha sido de altas y bajas pero he seguido adelante”.

La Nobel mexicana

Combinar un trabajo científico con un desarrollo y mejora social no es simple. Tampoco lo es hacer ciencia en un país donde hay una reducida cantidad de investigadores en relación con el número de habitantes y cada vez menos recursos económicos, como pasa en México. El Presupuesto de Egresos de la Federación para Ciencia, Tecnología e Innovación aprobado en 2017 es de 52,511.09 millones de pesos (mdp), 12.43 % menos que el propuesto por el Ejecutivo Federal para 2016. De éstos, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología recibió 26,963.51 mdp en 2017, casi 7,046 mdp menos que el año anterior.

A pesar de este panorama, la buena aplicación de la ciencia es una de las preocupaciones de muchas científicas. Ana María Cetto es física de la UNAM. Sus esfuerzos han sido reconocidos mundialmente; incluso, compartió dos premios Nobel de la Paz. La primera vez, como miembro del Consejo de las Conferencias Pugwash, en 1995, y la segunda como directora general adjunta del Organismo Internacional de Energía Atómica, en 2005. Su nombre nunca figura en el recuento de premios Nobel en México.

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Esta doctora ha trabajado por la paz, el desarme y la disminución del desarrollo de nuevo armamento. “Las armas modernas están basadas también en avances de la ciencia”, expone a Tec Review en entrevista; por lo mismo, busca “crear conciencia de ello y luchar para que las aplicaciones de la ciencia no vayan por ese camino”.

Ana María Cetto Ana María Cetto labora como investigadora de la UNAM desde 1971, año en que se doctoró. Fue la primera mexicana en hacerlo en Física –el primer mexicano lo hizo en 1952–. En un ambiente masculino, tuvo el valor de seguir adelante a pesar de las dificultades que podría encontrarse por el hecho de ser mujer. “Me tocó una época en la que era raro ver a una mujer investigadora. Había pocas en la universidad”, recuerda.

A pesar de que un número reducido de científicas ha optado a un Nobel, muchas han sido valoradas mundialmente por diversas organizaciones. Por ejemplo, la Sociedad Americana para la Investigación en Huesos y Minerales premió el trabajo de la mexicana Patricia Juárez con el Rising Star 2016 por su lucha contra el cáncer de mama.

Otra investigadora pionera es Aline Schunemann Hofer de Aluja, quien en el año 1950 se convirtió en la cuarta mujer en titularse en veterinaria en México y obtuvo el grado de Maestra en Ciencias en la Universidad de Pensilvania, en 1962. Su trabajo traspasó las fronteras de América y Asia, como asesora experta de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y como principal impulsora de la bioética animal en el país.

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Políticas con sesgo sexista

“¿Cómo pueden los árboles frutales secos dar flores, como duraznos y otro tipo de frutos?”, se cuestionaba María Elena Álvarez-Buylla en su jardín. Desde pequeña, le encantaba ir al campo y disfrutar la naturaleza pero, sobre todo, sentía predilección por las plantas. Quería responderse cuestiones fundamentales de la vida a través de los vegetales. Su padre le preguntaba por qué quería estudiarlos, si éstas no tenían importancia. Ella siguió su instinto y continuó investigando lo que para ella resultaba interesante.

En la actualidad, Álvarez-Buylla investiga genética molecular, desarrollo, ecología y evolución de las plantas. Ha sido galardonada con premios como el Botanical Society of America y también reconocida en 42 ocasiones por diversas organizaciones y becas. Actualmente es profesora del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Esta botánica, doctorada en la Universidad de California, confiesa haber sentido una sensación de inferioridad frente a sus compañeros hombres y más cuando ha sido la única mujer en varios comités científicos o evaluaciones. Asimismo, ha visto cómo algunos de sus compañeros evaluaban más el físico de una alumna que sus capacidades científicas. Para ella es elemental que se lleven a cabo políticas que borren ese sexismo en los apoyos a científicos y científicas, “de esta manera tendríamos avances en la ciencia más completos”, asegura.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sólo 9 % de las niñas mexicanas tiene intención de estudiar ciencias o ingeniería. Por ello, las iniciativas y reformas políticas que tengan como objetivo una mayor incorporación de la mujer en la ciencia son necesarias en la sociedad, aunque eso no conlleve un avance de la situación en el ambiente laboral. Como tampoco un supuesto aumento del presupuesto en los recursos a la ciencia significan una mejora directa de las investigaciones.

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En junio de 2013, el Congreso mexicano reformó cuatro artículos de la Ley de Ciencia y Tecnología, con el objetivo de promover la igualdad de género. Hoy el artículo 2 de esta ley señala que se debe “promover la inclusión de la perspectiva de género con una visión transversal en la ciencia, la tecnología y la innovación, así como una participación equitativa de mujeres y hombres en todos los ámbitos del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación”.

Ciencia para el desarrollo

En 1984 había 1,396 científicos en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI); de todos ellos, apenas un 20.4 % eran mujeres. Para 2014, la cantidad de científicas en este programa llegó a 34.85 %, a pesar de que las investigaciones de muchas de ellas han sido fundamentales. Por ejemplo, la doctora Leticia Corral Bustamante, doctora en Ciencia de Materiales por el Centro de Investigación en Materiales Avanzados (CIMAV) Unidad Chihuahua, participó en el Congreso Mundial de Ingeniería en 2015, con un artículo sobre el modelo matemático para medir la entropía en el Big Bang. Con este texto, logró obtener la máxima calificación por su originalidad técnica.

“Si las autoridades no empiezan a inculcar a los niños y jóvenes la importancia de la investigación, nunca va a ser una prioridad para el país invertir en ciencia como lo han hecho otros países europeos”, explica María del Rocío Vega Frutis, investigadora en la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN). Para ella, una de las problemáticas más importantes es el desconocimiento de una parte de la sociedad mexicana ante el papel del investigador. Incluso, señala que en algunos lugares de México muchas personas no saben diferenciar entre el título de doctor universitario y un licenciado en medicina.

Su línea de investigación se centra en la micorriza arbuscular, unos hongos de hace 460 millones de años que crecen en raíces de plantas. “Los hongos y las plantas tienen una relación mutualista: la planta le da azúcar y el hongo le traspasa nutrientes a la planta”, explica. Esta relación ayuda a la estabilidad del suelo y evita su degradación.

La ciencia “es poco entendida, conocida o muy ignorada. Nos afecta mucho. Es uno de los obstáculos para el desarrollo de nuestro país y se está viendo que en otros países donde la educación científica está mejor, eso les permite avanzar. Que entiendan nuestros gobernantes que la ciencia es una herramienta de desarrollo”, analiza la doctora Cetto.

Investigar sin barreras

Los límites no existen para muchas científicas mexicanas, y para las más ambiciosas hasta el planeta se queda pequeño. Es el caso de Ellen Ochoa, quien dirige el Centro Espacial Lyndon B. Johnson. En 1993 se convirtió en la primera mexicana en viajar al espacio en una misión para la NASA. En 1997, esta agencia espacial la reconoció con la Medalla al Servicio Excepcional y ha recibido múltiples galardones, como el Premio a la Herencia Hispana. Suma cuatro misiones al espacio y mil horas de vuelo.

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En el Tecnológico de Monterrey, 157 académicas pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores (SNI); entre ellas, destacan las trayectorias de las doctoras Carmen Hernández Brenes, especialista en procesamiento de alimentos, y Cecilia Rojas de Gante, quien trabaja en bioenvases activos e inteligentes.

A pesar de las mejoras necesarias, algunas de ellas ven a México como un país de oportunidades. Por ejemplo, la española Leyre Azpilicueta afirma que en su lugar de origen es mucho más difícil desarrollar una carrera docente investigadora y tener estabilidad. Y es que aquí ha encontrado un lugar en el que existe, asegura, “focalización estratégica, necesidad de cambio productivo, apuesta seria y financiada hacia la investigación mediante el SNI; en definitiva, un buen lugar donde establecerse y lograr explotar el desarrollo científico en beneficio de la sociedad”.

Por su parte, el premio L’Orèal-Unesco “La Mujer y la Ciencia”, proporcionado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), ha reconocido a varias mexicanas. Es el caso de la bioquímica Alejandra Bravo, por sus investigaciones sobre una bacteria que actúa como un potente insecticida, la astrónoma Silvia Torres-Peimbert y Ana María López Colomé, por sus estudios sobre la retina.

Educación para la ciencia

Concienciar a una sociedad sobre la importancia de la investigación científica requiere de esfuerzos del gobierno y de la comunidad. Los avances de la Física, por ejemplo, han marcado nuestros hábitos, reflejados en el uso de las nuevas tecnologías. A pesar de ello, los logros no están plenamente reconocidos, según Ana María Cetto, aunque insiste en generar nuevos avances científicos y que se reconozcan a nivel social.

María Elena Álvarez-Buylla hizo estudios en la Universidad de San Diego, California. Ahí tse especializó en genética poblacional. Al haber vivido en Estados Unidos, el país que más recursos ofrece a la ciencia a nivel mundial, fue testigo de la diferencia en el apoyo a la investigación de los dos países.

El apoyo financiero gubernamental es clave para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y un recorte en el presupuesto podría suponer un retroceso en el sector. En México, los principales fondos provienen del Conacyt y otras instituciones como la Fundación Mexicana para la Educación, la Tecnología y la Ciencia, que también bridan apoyo a los investigadores.

Sin embargo, el tema rebasa lo económico. El problema, reconoce Ana María Cetto, es el poco fomento de estudios científicos en el sistema educativo. Y eso, asegura, se ve reflejado en el bajo nivel académico de los muchachos “cuando entran en la universidad”. Y es que en México, la ciencia y las mujeres que la impulsan sí importan, pero no lo suficiente.

Nota del editor. Este reportaje fue publicado en la edición No. 10 de Tec Review de los meses marzo-abril de 2017.

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